Formosa, Martes, 26 de septiembre de 2017 - 04:Sep:28 -

La niña de los susurros

03/01/2017

Había una vez,una niña que vivía en una casita sobre la cima de una colina cubierta de pastos color esmeralda. Tenía largos cabellos rojos y rara vez hablaba. Tampoco su mamá y su papá decían mucho y su hermano pequeño solía jugar mansa y silenciosamente. Estaban tan absorbidos por la hermosura que una especial gratitud los emocionaba constantemente. 

Desde que era muy pequeñita, su papá le contaba cuentos antes de ir a dormir. Lo hacía en un susurro, sumergiéndola en su abrazo. Cuando creció, su mamá le enseñó a leer. A la niña le encantaban las palabras escritas porque sabían decir mucho sin hacer ruido, tal como era todo allí donde vivían. 

Hasta que llegó el día en que comenzó a ir a la escuela. Todo en ese lugar era bullicio y el griterío la hacía sentirse pequeñita e indefensa. Cuando alguiense dirigía a ella, la niña abría la boca pero aparecía un sonido tan pero tan bajito que se parecía más al silencio de las palabras escritas que al rumor de la voz diciéndolas. Así fue como muy pronto, fue conocida por todos como “la niña rara” del colegio. Sin embargo, ella tenía bastante para expresar aunque de una manera diferente a la de sus compañeros.

Cierta tarde, la niña vio entrar al aula un blanco pompón hecho de hilos finos que giraba suavemente por los aires. Era un “panadero”, esa frágil pelusita blanca con forma de esfera, que se desprende de la flor del “diente de león”. Cuando el pompón se acercó a ella, su mirada brilló tan intensamente como los hilos del “panadero”. Entonces se inclinó para soplarlo y le dijo algo en un susurro. El pompón cobró nuevo brío e impensadamente llegó hasta el oído del niño de melena amarillacomo un girasol, que se sentaba a su lado. El pequeño escuchó esa palabra, pero pensó que quizás estaría un poco mal de la cabeza pues los panaderos no pueden hablar. Y un poco asustado de sí mismo, decidió soplarlo para sacárselo de encima. 

El pompón tocó al compañero que se sentaba adelante, el de pecas bien grandes. Llegó hasta su oído la misma palabra y su cuerpito se movió como una lombriz de la sorpresa. Y también lo sopló. Y así, el pompón dio la vuelta entera por el aula y a cada compañero le transmitió aquella palabra en un susurro melodioso. Cuando querían saber de dónde había salido esa voz y veían al pompón en lugar de una persona, se estremecían y, atemorizados de sí mismos, lo soplaban para alejarlo. Y aunque todos habían escuchado aquella palabra, nadie quería repetirla porque cada uno pensaba que nadie más la había oído. Y la verdad es que ninguno quería pasar por raro.

Hasta que, finalmente, el panadero se marchó. Todos los niños de la clase se agolparon en la ventana para saludarlo y lo vieron perderse en el cielo azul rumbo a la casita donde vivía la niña. 

A la hora del recreo, la niña abrió la boca para decir esa misma palabra que le había mencionado al pompón y el niño de las pecas en las mejillas pudo escuchar aquel susurro casi inaudible y le extendió su mano pues pensó que ella la había oído también. De pronto, dejó de sentirse raroal sentirse entendido por aquella pequeña callada y extraña. 

La niña volvió a pronunciarla y el nene de melena amarilla como un girasol sintió que no había sido el único a quien le había sucedido aquello y le extendió su mano, pues se sintió comprendido. Al pronunciarla, una y otra vez, fueron extendiéndose las manos los unos a los otros. De pronto, todos sintieron que eran un poquito raros, simplemente porque no hay nadie que sea igual a otro y cada uno es especialmente bello en su rareza.

Y aunque todavía no pude saber cuál era esa palabra que pronunció la pequeña, pues no alcancé a oír su voz y ninguno quiso contar a nadie que habían escuchado hablar al pompón, ellos se sintieron unidos e iguales en el maravilloso don de ser distintos. 

Desde aquella mañana en que los niños del aula unieron sus manos en una tierna ronda silenciosa, que más se parecía a una danza, ella fue conocida por todos como “la niña de los susurros” y en el colegio ya no hubo días sin sol y sin manos extendidas.


Autora e ilustradora: Sarah Mulligan(Todos los derechos reservados) - Este cuento es la versión abreviada del homónimo publicado en el libro: “El niño del corazón de fuego y otros cuentos” de Sarah Mulligan.

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