Formosa, Jueves, 21 de septiembre de 2017 - 10:Sep:33 -

Una mujer terminó la escuela primaria con más de 70 años

05/03/2017 Ahora inicia el último año del secundario. Juana del Carmen Romero no pudo estudiar de pequeña porque desde los cinco años y hasta su adolescencia hacía de sirvienta en casas de familia.

Mientras algunos prefieren culpar a otros de sus fracasos en la vida y se quejan por la falta de oportunidades, otros deciden enfrentar los problemas y transformar las dificultades en fortalezas para salir adelante.

En esta primera Historia de Vida de 2017, La Mañana pone a consideración de sus lectores el testimonio viviente de una mujer que desde los cinco años y hasta los 15 vivió en casas de familias como sirvienta, sin la posibilidad de estudiar y llevar una vida digna. Tuvo que escapar para reencontrarse con su familia de origen y abrazar todo tipo de trabajos. Con más de 70 años terminó su educación primaria y este año cursará el tercer año del colegio en la Escuela Provincial de Educación Secundaria Nº 55 de Boca Riacho Pilagá. 

La protagonista de esta historia, digna de una película, es Juana del Carmen Romero, una mujer luchadora y valiente, que con 76 años demuestra todos los días una vitalidad y espíritu de trabajo admirables.
 
Nació el 24 de junio de 1940 en San Martín Dos, en el seno de una familia campesina de escasos recursos. 

Su madre, Ersilia Aranda, se desempeñaba como ama de casa y ayudada con el trabajo en la chacra; mientras que su padre, Carlos Lisandro Romero, era puestero, alambrador, cavador de pozos, fabricaba tejas de palma y colocaba postes en los campos. 

La vida familiar transcurría junto a cuatro hermanos: Loncio Eloy, Pablo Lindor, Ramona Lucía y Elda, con sacrificio, esfuerzo y unidad hasta que al cumplir cinco años falleció su padre y su madre quedó sola con cinco hijos.

“Mi mamita siguió trabajando pero éramos muy pobres entonces, desde esa edad fui criada por extraños que nunca me enviaron a la escuela. Crecí como animal guacho y la familia donde vivía me tenía de sirvienta”, comentó doña Juana.

Con la muerte de su padre terminó su infancia y la vida le enseñó a realizar todo tipo de trabajos, incluso los que sólo lo suelen realizar los hombres. Desde los seis años se levantaba a las 06:00 para ordeñar vacas y cuidar terneros sin siquiera tener un par de zapatillas para abrigar sus píes en tiempos de invierno.

“Vivía descalza y nadie se compadecía de mí. El pago por mi trabajo era el plato de comida que recibía en la casa donde hacía de empleada. A los 9 años me dieron como criada a un sargento primero y su esposa en Fontana, donde tuve que hacer todos los quehaceres domésticos hasta los 15 años y después me escapé”, relató.

La huida

La fuga no fue nada fácil. Caminaba durante el día en medio del monte para no ser vista y subía a la copa de los árboles cuando sentía que quienes la buscaban estaban cerca de encontrarla. Por las noches iba por la banquina de la ruta hasta que finalmente pudo llegar, después de varios días, a San Martín Dos, donde se reencontró con su hermano mayor y comenzó a trabajar en el campo. 

“Aprendí a no tenerle miedo a nada. Tengo una vida larga, triste y dura. Pero lo que rescato de todo el sufrimiento que tuve que pasar es que todo lo supe enfrentar. Claro que en vida también pasé por momentos de felicidad”, señaló.

Aprendió las técnicas de alambrado, colocación de postes, cavar pozos, manejar el arado, faenar animales, castración de toros y vacunación de ganado, sin descuidar otras labores más ligadas al quehacer femenino como cocinar productos tradicionales como sopa paraguaya, chipa, pan casero, hasta trabajos de costura, tejido, bordado, fabricación de hilo de lana de oveja, ponchos, alforjas y jergas para poner sobre el caballo.

Después inició una relación de pareja con un hombre pero no dejó de trabajar para evitar que le saque en cara nada. Es madre de cinco hijos: Enriqueta, Gabriela, Héctor, Gustavo y Mirian, ésta última falleció producto de una enfermedad y dejó a un hijo, Iván, que ahora tiene 13 años y quedó al cuidado de la abuela Juana. 

“Crié sola a mis hijos y nunca los abandoné. Les enseñé a trabajar y respetar. Gracias a Dios ninguno me salió mal”, destacó.   

Llegó a Boca Riacho Pilagá en 1980. A esas alturas tenía experiencia laboral en numerosos rubros: desde peona de campo hasta empleada doméstica. También montó invernaderos en Laguna Blanca, Buena Vista y Ceibo 13.

Como trabajó en una empresa de citrus en Palma Sola, sus conocimientos la llevaron a ser encargada de una empresa frutihortícola en Boca Riacho Pilagá y tenía a su cargo unos 100 hombres.



“Las plantas me transmiten paz y tranquilidad”


Si bien no pudo hacer la escuela primaria de niña, su pasión por aprender siempre se mantuvo, aprehendió con facilidad todo aquello que se le explicaba, tanto que se especializó en la instalación de viveros.

Con sus ahorros compró un terreno de 100x30 metros que llega hasta el cauce del Riacho Pilagá y junto a su hijo menor Gustavo, montaron hace 18 años el “Vivero Doña Juana”, donde produce distintas variedades de palmeras, cactus, palta, mango, durazno, uva, naranja, pomelo, limón, entre otros.
“Las plantas me transmiten paz y tranquilidad. El vivero es mi vida. De esto vivo y puedo criar a mi nieto. Nunca pido a nadie y me arreglo como puedo. Para montar este emprendimiento utilicé los ahorros que me costó juntar y pago mis impuestos. Acá no compro verduras porque todo lo produzco yo. Es impresionante lo que uno puede hacer si se lo propone. El que sufre, lo hace por haragán. En mi caso nunca pasé necesidad porque siempre trabajé. De muy niña tuve privaciones pero cuando pude valerme por mí misma intenté tener mis comodidades”, expresó. 

Su hijo Gustavo vive en General Belgrano, es profesor de Biología y está a punto de terminar la Licenciatura. “Recuerdo que los días de lluvia caminaba desde Boca Riacho Pilagá desde las 03:00 de la madrugada para no perder días de clase en la Universidad Nacional de Formosa. Eso prueba que cuando un quiere, puede”, resaltó.

Otro de sus hijos, Héctor, es maestro mayor de obras y plomero gasista y vive en Buenos Aires; mientras que Gabriela también está radicada allá junto a su familia.

La que regresó de Buenos Aires para estar más cerca de su madre es Enriqueta, que actualmente está radicada en Mojón de Fierro.



“Poder estudiar es una alegría y nunca es tarde para aprender”


Después de ver crecer a todos sus hijos e independizarse, hace unos cinco años atrás decidió darse el tiempo para cumplir un viejo sueño: poder estudiar y terminar la primaria, que lo pudo hacer en dos años de cursado en la Escuela de Frontera Nº 2, bajo la modalidad de clases presenciales para adultos en la biblioteca escolar. 
 
Después fue por más y se inscribió en la Escuela Provincial de Educación Secundaria Nº 55 y el 2016 cursó el segundo año turno tarde junto a su nieto. 

Este año cursará el tercer año y mantiene intactas las ganas de estudiar y durante sus años como estudiante no faltó ni un día a clases.

“Toda mi vida quise ir a la escuela. Ahora se dio la oportunidad porque ya no tengo hijos chicos. Me siento bien porque aprendo cosas nuevas y nunca es tarde. Además tengo muy buenos profesores. Estoy contenta por lo que Dios me da y tengo la tranquilidad de que mis hijos saben hacer de todo”, acotó. 

Doña Juana es una mujer que cree en Dios y que en los momentos más difíciles de su vida se aferró a la fe y la esperanza para salir adelante, que fueron la fuerza necesaria para dar las luchas que tuvo que enfrentar. 

“Poder estudiar es una alegría y nunca es tarde para aprender. Comencé la primaria con más de 70 y ahora voy a cursar el tercer año del colegio. Toda mi vida quise estudiar y ahora tengo la oportunidad, por eso lo estoy aprovechando. A los jóvenes que no quieren estudiar o no valoran la posibilidad de formarse les digo que es más liviano un lápiz o una birome que la pala o una azada”, concluyó.

Mensaje para destacar: “A los jóvenes que no quieren estudiar o no valoran la posibilidad de formarse les digo que es más liviano un lápiz o una birome que la pala o una azada”.





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