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"La araña"

12/03/2017 Relato, Colaboración: Carlos Arnedo

Este animal silencioso, espeluznante a la vista, ha sido usado muchas veces como elemento de tortura, de bromas pesadas y hasta de argumento de películas con características siniestras.

¿Qué es lo que genera en el ser humano estas sensaciones, miedo, misterio, perplejidad, escalofrío, asco? y qué, a través de ellas, ocasiona fuga, inmovilidad, rechazo, sentimientos de muerte, que generalmente se trasladan a la acción y es así que la araña es asesinada…cosa curiosa… justamente por lo que inspira.

Mi pregunta sería entonces: ¿que pensará ella? ¿Qué sentirá, cuando ve a un ser humano que se le acerca?

El solo hecho de la diferencia de tamaño, de movilidad, de fuerza, debería inclinar la balanza de la justicia claramente. Sin embargo el hombre se erige en el gran rector, con derecho a manejar el mundo a su criterio, favoreciendo la vida de algunos o eliminando la de otros. Me refiero no solamente a la fauna. También intercede en la flora, los minerales, la geografía, en fin, en todo lo que existe en el planeta. Como aún no alcanza, ya está incursionando afuera de él.

Volviendo a la araña. Silvia…bióloga natural, amaba a todo tipo de animales, y es así que en su casa criaba y mimoseaba a una cierta cantidad y variedad de ellos: gatos, perros, canarios, loros, boas, ratones, iguanas, monos y otros comían de su mano y correteaban en el gran patio lleno de flores y plantas que poseía detrás de la casa, en una libertad condicionada que ella suplía con el amor que les brindaba. 

Amaba profundamente a cada uno de ellos, pero…como buen ser humano, tenía marcadas preferencias por uno en especial; por un ser que normalmente inspira otra cosa.

Ella, Silvia, hasta soñaba con este peculiar animal, quién se paseaba orondo, silencioso y sigiloso por su habitación, donde dormía cobijado en una caja pequeñita, ubicada sobre la mesita de luz.

Se pasaba horas observando cada uno de sus movimientos, cada una de sus actitudes; quizás, en determinados momentos, con cierta morbosidad. Por ejemplo, cuando lo alimentaba, pues las shoqueadas moscas aleteaban desesperadamente cuando eran succionadas dando su vida para mantener vivo a otro ser. 

¿Qué contradicciones se plantearía Silvia al contribuir y en cierta forma participar de este hecho? Su amor por todos los animales mostraba huecos manifiestos.

Mientras tanto, el preferido gozaba plenamente de la situación, de ser tan bien atendido, a tal punto que su anfitriona le llevaba la comida a la cama, lo engordaba y lo volvía perezoso y gordinflón. Ya no se dedicaba a cazar, solo esperaba.

Era un animal joven, macho, de reluciente pelambre, quizás debido a la excelente alimentación que le brindaba Silvia.
Era muy atractivo…aracnilmente hablando.

Un determinado día fue detectado a través del vidrio de la ventana que da al patio, por una araña hembra sedienta de amor, quién presa de su pasión y aprovechando los calores del mediodía en que Silvia abrió la ventana, entró por ella y se dirigió al encuentro de su amado objetivo.
El, cuando la vio, abandonó su comodidad y se dirigió hacia ella con cautela. Después de unos cuantos giros voluptuosos, la hembra quedó lista y el amor se consumó.

Cuando todo terminó, él trató de alejarse rápidamente, pero la vida cómoda, su gordura, le quitaron velocidad y fue apresado por la satisfecha amante, habituada a la selvática vida del jardín, a la cacería de sus presas y a la costumbre ancestral de las arañas hembras de comerse al macho.
Luego, muy oronda, se echó a dormir en la cajita.

Tiempo después, Silvia, ajena al drama natural, entró a su habitación en busca de sus anteojos olvidados sobre la mesa de luz. Quizás por la falta de ellos -era muy corta de vista-, no se percató de la diferencia que existía entre el nuevo inquilino y el anterior.

Resuelta dirigió su mano en un intento acariciante al lomo velludo y…acuciante fue su grito, cuando la araña invasora, creyéndose ser atacada por la mole carnosa, hundió sus “colmillos” inoculando todo el veneno sobrante de lo empleado en su almuerzo.

Silvia, recuperada de la sorpresa, del dolor, del susto y todavía bajo los efectos de la impresión… de un zapatillazo aplastó al arácnido que intentaba huir.

Colaboración: Carlos Arnedo



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