Formosa, Viernes, 26 de mayo de 2017 - 10:May:12 -

Siñuelo

13/03 Relato, Colaboración: Carlos Arnedo perteneciente al libro “Al Sur del Pilcomayo. Setiembre”

El campo adjudicado en venta a los Pérez, se hallaba ubicado en el centro oeste de la provincia de Formosa. Totalmente alejado de toda propiedad particular tuve que traer la línea de relacionamiento de la más cercana, situada a siete kilómetros de distancia. Hubo que cruzar montes vírgenes de la explotación humana, realizando la picada entre grandes quebrachales, algarrobales y vinalares.

He visto en esa región burros salvajes; he cazado y comido un coatíjaheñó -es el coatí viejo que se alejó de la manada, se mueve poco, no pelea y casi siempre está gordo-. Y también, por primera vez, vi perros acostumbrados a andar en el monte, persiguiendo tatúes, o a los terribles chanchos, moritos o majanes, con miedo, con la cola entre las piernas. Ante mi curiosidad, los dueños me dijeron que debería andar cerca el bicho. Se referían al tigre o yaguareté. Sin embargo no lo pude ver.

Crucé, mientras medía, una laguna en forma de herradura, muy profunda, que nos dio mucho trabajo.

Llevábamos desde el casco de la estancia -un rancho grande, de adobe-, el avío, esto es, la comida para todo el día, pues no volvíamos hasta la noche.

Como en la casa no había muchas gallinas, ni chivos, y nos costaba conseguir carne vacuna, cazamos el coatíjaheñó y nos lo comimos. En el monte, y pese a que no estaba bien adobado, era rico.

Un sábado, después de trabajar duro todo el día, decidimos agenciarnos de patos picazos. ¿Cómo? Con un siñuelo, llamado de esa manera en la zona.
El domingo salimos bien temprano con el dueño de casa. Cerquita nomás, había un estero que llenaba una superficie de aproximadamente cinco hectáreas. Alrededor, monte fuerte. Llevamos con nosotros una "pata" criolla, negra: era el siñuelo.

En los bordes nos aligeramos de ropas, y con la “pata”, machetes y escopetas, nos adentramos en el agua -que no nos llegaba ni a las rodillas- hasta un vinal chico, tipo matorral. Unos cincuenta metros.

Tapándolo de ramas, hicimos una chocita bien cubierta, de tal forma que nos ocultara, sobre todo, desde arriba. Pusimos unos troncos como asiento y atamos la “pata de una pata”. Le dimos como diez metros de soga.

No pasó mucho tiempo y nuestra dama concitó la atención de un galán que se precipitó hacia ella y a la muerte, sin salir de su rápido enamoramiento.
Al bajar e iniciar sus requiebros amorosos, le quebramos la vida de un escopetazo. Luego cinco galanes más pagaron caro su impetuosidad amorosa. El único calor que recibieron ese día fue el que se acumulaba en la olla.

Los cocinamos enseguida pues no tenían heladera en la estancia. Conseguimos avío para toda la semana.

Como no somos depredadores, cazamos sólo seis. El picazo es el gigante de los patos. Algunos machos adultos superan los cinco kilogramos.
Al siñuelo después de agradecerle con algunos maíces, la soltamos en el corral con sus congéneres.

Ella ni se percató. . . o sí?


N.A. Siñuelo: modismo regional; realmente es señuelo.


Relato perteneciente al libro “Al Sur del Pilcomayo. Setiembre” de Carlos Arnedo

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