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Barrio Don Bosco: de afectos, hecho y derecho

11/01/2018 Un hospital, una comisaría policial, gimnasios, librerías, verdulerías, almacenes. Lugares para practicar deportes, algunas boutiques de ropa, kioscos, tres escuelas. Un cementerio que al principio estaba lejos y con los años se volvió céntrico, dos, tres y hasta cinco consultorios odontológicos, un spa, carnicerías, un hotel, panaderías, varios lavaderos de autos, una parroquia con más historia que el mismo barrio y más. Podríamos seguir, porque el Don Bosco, el barrio que nació en los años 60 siendo la “planta urbana sector c”, hoy es “un barrio completo, hecho y derecho”, como lo describirá un señor mientras toma el mate de la tarde en la vereda.

La historia del barrio Don Bosco comienza en paralelo al San Martín y el Independencia, con calles de tierra, casas sin rejas ni murallas y con alambrado y molinetes en la zona del club y del entonces, Oratorio Don Bosco. Con los años, las manzanas se fueron poblando, llegó el pavimento y los hábitos y las costumbres de entonces se fueron disolviendo: ya no hizo falta ir hasta el pico público a buscar agua, ni luego venderla como una changa; y los festivales folklóricos en el complejo Don Bosco, y el cine comunitario, todo organizado por los salesianos, quedaron sumergidos en los recuerdos de las primeras familias.

Sin embargo, algo quedó congelado y los vecinos serán testigos: no hay paso del tiempo ni crecimiento que haya borrado la esencia intrínseca del barrio, de sus primeros tiempos.


DE LOGROS 


“Este barrio me llenó de amor”, expresó Gladis y emprendió su relato: asociará la historia del barrio con su historia de vida, hablará de sentimientos, de su madre y sus sueños, los de un grupo de curas, sus esfuerzos, y explicará así la característica principal del Don Bosco: “Un barrio muy afectuoso”.
Gladis Roglan de Giménez llegó al Don Bosco de “El Olvido”, una colonia de Villafañe, junto a su mamá y sus dos hermanitos. Los trajeron en un camión y se quedaron a vivir en la casa de un buen vecino. Su padre se había casado con una mujer y ellos escaparon a la capital en busca de una nueva vida, así no más, sin nada que perder y mucho por ganar. 

“Yo no alcanzaba los 5 y mi hermanito pasaba apenas el año. Mi mamá entró a lavar ropas, trabajar en quehaceres domésticos y así la fuimos llevando. Al principio vivimos en la Casa de Don Gutiérrez hasta que tuvimos la nuestra, la propia, siempre en el barrio Don Bosco”, comentó. “Fueron épocas duras, pero ricas en afecto”, agregó con la voz quebrada y visualizando su próximo paso: habló de las ayudas recibidas por los vecinos, de la preocupación y el acompañamiento del padre Ortuondo, de lo que recibió del barrio y de su madre: una mujer que luchó por lo que quiso, soñó y lo logró. 

“Mi mamá entró a trabajar en el policlínico ferroviario, primero lavando sábanas, ropas de los médicos, y luego fue ascendida como mucama. Con el tiempo, consiguió un crédito del Banco Hipotecario y se pudo hacer la casa en Yrigoyen y Córdoba, frente a donde en ese entonces estaba la Escuela 19. Un living y una pieza, eso era todo, pero bastaba. Las trajimos a mi abuela y a mi tía a vivir con nosotros, dormíamos todos juntos. Recuerdo que teníamos un solo aparador donde guardábamos las tazas, frazadas, las ropas, todo lo que teníamos”, describió.

“Hoy cada uno en mi familia tiene su propia casa”, dijo orgullosa Gladis, que sigue viviendo en el Don Bosco, pero ya por Salta y con su marido. Agradeció a la vida, y sobre los anhelos que se cumplen con la convicción y el esfuerzo, ejemplificó: “No teníamos para comprarnos los libros, pero mamá nos hacía estudiar igual, no le importaba que repitiéramos, pero quería que sigamos intentando”. Así lo hicieron; ella y su hermana llegaron a ser maestras y a dejar un importante legado en la educación de Formosa.

“Hay cosas que no me olvido, pese a mis cortos años de ese entonces, como de mi primera muñeca, que me la dio Eva Perón”; desde allí, Gladis es peronista. “No me puedo olvidar todo lo que vivimos en este barrio lleno de afecto. Familias como la Alvarenga, los Ibarra, los Aguirre, los Aranda, por nombrar algunos. Juana Cárcano, todos nos dieron su amistad y su mano. El padre Ferlini, el padre Ortuondo, cómo nos acompañaron, cómo nos guiaron, a nosotros, mi familia y a todos los jóvenes del barrio”. Así introdujo al relato esta vecina, a un pilar fundamental del barrio: la Iglesia.

ESPÍRITU SALESIANO 

La parroquia "María Auxiliadora" fue erigida en 1960, pero los padres de la congregación salesiana empezaron con su misión una década antes. En el barrio todos recuerdan al padre Ortuondo, sobre todo los más grandes; aunque los menores al menos conocen su historia. Cómo ayudaba a los chicos, cómo los llevaba -felices ellos- a vender rifas del sorteo de un auto, para ganar dinero y continuar con la obra Don Bosco. Cómo recorría los barrios en su bicicleta, en su tractor, que conocía realidades, que se involucraba y enseñaba con el ejemplo que con la honestidad, el esfuerzo y la solidaridad, las cosas se logran. 

“Nos enseñó a ser personas, a relacionarnos, a vernos y sentirnos iguales, a ayudarnos, a protegernos”, lo recordará Gladis, una de las primeras maestras del jardín de infantes “María Auxiliadora”, que lleva más de 50 años de pie. 

Cada uno desde su experiencia, pero entre vecinos hay recuerdos compartidos: varios mencionaron a los exploradores, al club, el asado de “Tamalo”, a “la primera pileta de los pobres”, hasta traerán a escena el hogar de varones y la oportunidad que brinda de una salida laboral. 

Hoy, en el Centro de Formación Profesional “Hogar Don Bosco” hay 80 chicos de diversos barrios que aprenden ciencias y toman talleres, como electricidad, radio, carpintería e informática, practican deportes y tienen apoyo escolar. El padre Roberto, director del hogar, comentó que la mayoría tiene una realidad familiar difícil y vive en condiciones de vulnerabilidad, por lo que “en temporada escolar asisten de 8 a 17 horas y desayunan, almuerzan y meriendan en el hogar”.

El Don Bosco es un barrio grande pero unido, y se lo deben a José María Ortuondo. “Hecho y derecho”, lo describirá un señor y dejará en claro que pese a los tiempos actuales, donde los cuidados en el decir pasaron de moda y las chicanas entre pares les sacan terreno a los buenos tratos, “la solidaridad entre los vecinos prevalece”.


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