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Crónicas de barrios: San José Obrero

13/02/2018 Desde sus comienzos hasta el día de hoy, la ayuda mutua es una característica que resalta. La crónica de un barrio que pese a los golpes de su historia, siempre sale fortalecido

El San José Obrero se conformó como barrio en los 70, cuando se inició la construcción de 74 viviendas como parte de un proyecto de desarrollo urbano municipal. Si bien desde mediados de los 60 ya existían pobladores, como los Gonzales, los Gavilán, los Rigonatto, por nombrar algunas familias fundadoras, fue a partir del 74, con la llegada de numerosas familias, que el barrio empezó a tomar vida

EL TRABAJO

La capilla, la escuela, la primera salita, el club de fútbol, todo fue resultado de las ganas, el empuje y la solidaridad de los vecinos que llegaron al barrio para quedarse. No es casual que el patrón del barrio sea San José y que cada primero de mayo, el barrio entero celebre su cumpleaños. Según explicaron, el barrio lleva ese nombre porque cuando Chiquita Muso donó un terreno, que en un principio iba a ser un salón comunitario, su marido, que era muy devoto de San José, regaló una imagen del santo con la condición de que lo que allí se construyera, la guarde. Al fin, allí se levantó la capilla con las manos de los mismos vecinos y el santo pasó a ser el patrón del barrio.

Por su parte, la salita de primeros auxilios comenzó en la casa de la primera enfermera Berta Gómez de Ríos y por esas vueltas del destino, una de sus tres hijos, Mabel Ríos, trabaja en el actual Centro de Salud San José Obrero.

“Mis padres llegaron al barrio en el 64 y empezaron de cero. No había nada. Mi mamá era enfermera y si bien no había mucha gente en el barrio, existía una necesidad de atención primaria. Entonces, mi papá acondicionó una de las piezas de la casa y se instaló la salita del barrio, donde venían los médicos a trabajara ad honorem”, explicó. “Mi mamá siempre tuvo el acompañamiento del obispado y de muchas familias, como los Leguizamón”, agregó Mabel. En su casa, también funcionó la primera escuela “hasta que se consiguió un terreno y se construyó una”. 

Doña Berta les enseñó a sus hijos que trabajar no era una decisión, era una realidad: “Había y hay que hacerlo”, sostuvo Mabel y en este sentido reflexionó: “Antes había comisiones vecinales, se trabajaba por una necesidad y a pulmón. Cuando se mete la política eso cambia, es más difícil”. 

LA FORTALEZA

En el San José hay una cohesión que en algunos barrios se envidiaría. “La otra vuelta un grupo de vecinos se organizaron, consiguieron unas cerámicas y fueron a emparejar los pasillos de la zona de la villita, para que se pueda transitar”, ejemplificó una joven. “Lo lindo de este barrio es que nos ayudamos entre todos; cuando alguien necesita, nadie se queda”, agregó un señor.

Esta característica es particular, pues, se trata de un barrio que sufrió y venció varias inundaciones. La más grande, la del 83. No hay persona mayor de 40 que no recuerde tal crisis y que se niegue a la idea de que salieron fortalecidos. 

A sus 87 años, De Jesús Candia de Riquelme recuerda esos meses como si hubiese pasado ayer. “Mi marido estaba trabajando en la fábrica de tanino y yo estaba en la casa y de repente, me doy cuenta, estaba entrando el agua”, a medida que recordaba, desde su silla y sin poder moverse mucho, fue señalando las partes de su casa como pintando la escena. “Llantos, desesperación -enumeró-, amanecimos en el agua esa vuelta. La gente salía nadando, en bote. A mí me vino a buscar un pariente en una lancha. Fue feo. Todos nos fuimos, no quedó nadie”, expresó.

Doña De Jesús llegó al barrio en el 75, con su marido y sus once hijos. Hoy tiene “un montón” de nietos y tantos bisnietos que ya perdió la cuenta. “Todos me rodean y me cuidan”, contó. En “la gran inundación”, las familias fueron reubicadas por varios meses en diferentes lugares: casas de amigos o familiares, escuelas, galpones, en los vagones del tren. Ella y su familia recorrieron varios sitios pero el que recuerda hasta con cariño es “el barcazo”.

En el 83, se había anclado un barco de las Fuerzas Armadas en el puerto, porque era tal la cantidad de gente afectada que los centros de evacuados no daban abasto. “Era grandísimo, vivíamos todos, todos ahí, muchísima gente, y no nos faltaba nada, teníamos todas las comodidades, era un lujo. Luego el barco zarpó, el agua bajó y la mayoría volvió. Esa vez llegó el agua hasta la mitad de la ventana -señaló una altura de un metro y medio por encima del suelo-. Desde esa vez, luego de la barrera, no volvimos a inundarnos nunca más”.

EL FUTBOL

El San José Obrero centra toda su actividad en la cancha de fútbol. Es el deporte que más se practica y nuclea a la comunidad. Así lo definió Raúl Arce, miembro de una de las familias más futboleras del barrio y habló del Club y de su mamá.

El Club San José Obrero fue fundado por Doña Pastora y su marido, Ricardo Arce y hoy, son sus hijos los que lo dirigen. Nació en el 75 como un simple club de barrio, donde se jugaban sólo campeonatos interbarriales, fue creciendo, en 1987 se afilió a la Liga Formoseña de fútbol y fue el primer campeón de la categoría “C”. 
 
“Mi mamá fue una apasionada hasta los últimos días de su vida”, relató Raúl, más conocido Como “Chiqui” Arce. “En los días previos a su partida, a días de una operación del corazón le prometió al doctor que no iba a estar tranquila para que la dejara ir a la cancha ese fin de semana, y fue. Como esta anécdota hay miles, seguidora fiel de todas las categorías: jugaba infantiles, división inferiores, al primera, los veteranos, ella estaba. Pero no sólo, tenemos hasta hoy un grupo de señoras del barrio que acompañaron al club desde el día uno”, agregó.

En cuanto a lo que genera el fútbol, argumentó que es una herramienta para reemplazar “los malos hábitos y malos encuentros” y se refirió a una situación que sería un comentario generalizado entre vecinos: “Si bien hasta el día de hoy existen problemas en el barrio en cuanto al consumo de drogas y la violencia, ha cambiado muchísimo. Y esto se logró en parte con los trabajos sociales y comunitarios”.

Doña Pastora fue muy conocida por su fanatismo hacia el Club y hacia el barrio, y eso supo trasmitir a sus hijos, quienes extendieron su compromiso más allá del deporte. “Mi hermana creó una Asociación Civil en el 2001, en un contexto de crisis, que hasta hoy sigue funcionando atendiendo a distintas problemáticas de la sociedad, y yo estuve un tiempo a cargo de un comedor”, comentó aclarando que en el barrio siempre existieron comedores y ollas comunitarias, de las escuelas, de frentes políticos, de simples vecinos dedicados. Uno de ellos es el de Doña Magina, ubicado en el corazón del “SanJo”, como gustan los de allí, llamarlo.


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