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Hola Argentina

Un día, tuvieron nombre

07/04/2018 Familiares de 90 soldados combatientes en las islas Malvinas, colocaron placas identificatorias en el cementerio de Darwin. Un reencuentro que esperó más de tres décadas.

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“Ya no tenemos que 
seguir buscándolo”

“El tiempo no pasa cuando las heridas no cierran. 
Para mí es como si hubiese sido ayer. 
Yo siento la presencia de mi hijo cada día de mi vida”

“Mi mamá no quiso venir, ella quiere seguir imaginando 
a su hijo como el día que se fue a la guerra”. 
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Después de 36 años, el “soldado conocido solo por Dios”, tuvo un nombre y un apellido. Y las familias, las madres, los padres, los hermanos lograron algo de justicia. Una grieta, por donde desbordó el llanto contenido que implica el no saber. 

El coronel británico Geoffrey Cardozo, quien en 1983 construyó el Cementerio de Darwin, fue fundamental en la tarea. El oficial cuido el cuerpo de cada soldado: los envolvió con una sabana, les puso bolsas mortuorias y los colocó en un ataúd para que puedan ser identificados en el futuro. 36 años después, los familiares pudieron llorar en las tumbas de sus amados hijos, nietos, esposos, hermanos... 36 años para identificarlos. 

Tengo un amigo que llamó a su hijo Yılmaz. En turco, a veces se traduce como "valeroso", pero literalmente es la negativa del verbo rendirse: el que no se rinde. Como esos chicos que pelearon una guerra injusta y cruel como todas, pero aún más despiadada por ser un conflicto perdido de antemano, provocado solo para sostener la fachada de una dictadura que se caía. Qué gran decisión llamar así a un hijo. Y pensé estas familias y en lo importante de re-conocerlos al nombrarlos. Lo que se lleva dentro, ahí, en el nombrar está la posibilidad de ser del otro, junto con la integridad necesaria para cambiar el mundo. 

Los recuerdos, las preguntas, las cosas no dichas. Desde que ingresó al cementerio de Darwin, cada familia buscó a su ser querido, leyendo cada lapida, intentando encontrar las letras que construyen, las silabas tan amadas. Hasta dar con ellas, y caer de rodillas y besar la placa fría y llorar, por fin, abrazado a una cruz. Y hablar y decir “te encontré”. Llenaron de vida, un lugar colmado antes solo de muerte.

Antes del proceso de identificación, existían 121 tumbas sin nombres. En diciembre pasado se anunció que 88 soldados habían sido reconocidos, y hace apenas dos semanas se sumaron dos nuevos reconocimientos. Desde hoy las 90 tumbas tienen nombres y apellidos. Tienen rostro y una historia. Los nombres sirven para abrazar una cruz. No son simples tumbas ya. Son sus hijos, sus hermanos, sus compañeros, sus padres. Los nombres son la oportunidad de conseguir paz. De encontrar de nuevo a esos chicos que se fueron hace más de tres décadas. Hoy tienen algo más, que sin embargo, no deja de saber a poco. Quizás por los años perdidos, por el dolor de las familias, o por la desidia que implica toda guerra. 

Los Yilmaz, los que no se rindieron, los héroes que murieron allí, los que regresaron para ser recibidos por un país que les dio la espalda; y también las familias que los buscaron hasta encontrarlos para volver a nombrarlos.


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“Yo lo seguía esperando porque nadie me había 
dicho donde estaba. Pero ahora ya se. 
Esta acá y siento una mezcla de angustia y tranquilidad. 
Ya no tengo que buscarlo”.

“La herida de la ausencia no la cerré y nunca cerrará, 
se aprende a vivir con el dolor y con la tristeza”.

“Saber permite sanar”. 

“Pensar que huimos de la guerra 
y una guerra se llevó a mi nene”.

“No sé que siento hoy. 
Es una mezcla de tristeza y paz”.

“¿Por qué viniste a quedarte tan lejos, 
vos que me cuidabas cuando yo era chiquita?”
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Por Yamile González 

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