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Maestros rurales: la vocación de la tarea de enseñar en soledad

05/05/2018 Viviendo muchas veces en lugares de difícil acceso y alejados de sus familias, estos docentes realizan una tarea que es ejemplar. Ser maestro rural es la mayor oportunidad para convertir las debilidades en fortalezas

Allí, cerca de un monte, después de caminos intransitables y donde el agua potable y la luz eléctrica son bienes escasos, allí donde todo parece estar lejos, se hacen presentes las escuelas rurales. 

Los maestros cuentan por qué eligieron el campo, con su cuota de adversidad, para desarrollar su vocación docente. Ser docente rural significa fervor y entrega. Como docentes rurales, llegan a formar parte de las familias de los alumnos, se van involucrando en la vida y las necesidades del pueblo. 

Los alumnos se agrupan por grados, los chicos que empiezan con 4 años y pasan 15 años en la escuela, aprendiendo, quedando en la zona donde nacieron. La población de la zona es humilde. Algunos viven de planes sociales, luego hay changarines, gente que hace y vende artesanías, productos regionales... Otros tienen animales, campos donde pueden tener alguna pequeña producción y vender sus recursos.

Ser maestro rural significa una enorme responsabilidad, un compromiso, desarraigo y deseos de superarse más allá de las condiciones adversas. Es prepararse para desenvolverse sin angustias y con solvencia en medio de la soledad, de los atardeceres, del silencioso lenguaje de la comunidad, que trabaja con códigos diferentes. Implica también estar dispuesto a aprender del medio y a enriquecerse con él, como docente y como persona. 

Fernando y el rol del maestro que perdimos

Fernando lleva 27 años en la docencia. Actualmente da clases en la modalidad bilingüe en una institución cercana a Ingeniero Juárez. La nota la hicimos en un tiempo que él se dio una vuelta por esa localidad, porque en la escuela ya no tienen wifi, “entraron e hicieron lo que a menudo suelen hacer, romper y/o robar, ahora le tocó al router”.

Entre las particularidades, Fernando destaca lo bello y natural, y dice que hay una gran responsabilidad, que requiere de adaptación y voluntad para resistir: “A pesar de los maltratos que los docentes sufrimos; seguimos adelante contra viento y marea. Tenemos en nuestras manos hermosos trozos de arcilla para moldear y lo hacemos con todo el amor y devoción”.

“Son muchos los recursos con los que contamos, pero también son muchas las dificultades”, define y señala maltratos del entorno educativo y hasta del mismo Gobierno, entre los que menciona: “Mal pagados, el cumplir sí o sí a pesar de los caminos intransitables en los días de lluvia, rompiendo vehículos y motos, sufrir caídas, golpes fracturas y hasta desgarros como el mío hace poco. Y nadie reconoce nada”.

Sobre la diferencia en la figura del maestro, reflexiona: “Antes, el maestro era un ser respetable, un señor. Hoy en día se perdieron esos valores, ese respeto. Hoy en día somos atacados desde todos los ángulos, por la comunidad y también por la política”.

El deterioro de la imagen docente –sostiene- se debe a muchos factores a tener en cuenta: “Por ejemplo, al surgir un problema, las autoridades y/o el Gobierno, en lugar de defenderlos, se ponen del otro lado llevándose los laureles y nosotros quedamos mal parados. Cuando los originarios tienen problemas y/o reclamos con los políticos, ¿el desquite es con quién? Con los maestros. ¿Cómo? Haciendo cortes de ruta. Por ende, debemos pagar o buscar caminos alternativos”. 

Además, agrega que otro de los factores conflictivos que hacen a la degradación del rol docente es el comedor escolar, el clientelismo político y muchos colegas nuevos que no respetan ni jerarquías ni estatutos.

Rosa y su espera por una escuela, un camino y la luz eléctrica

Rosa dicta clases en un anexo de la Escuela N° 352, a 5 km de Ingeniero Juárez. Cuando hablé con ella para hacer la nota, estaba trabajando en una casa particular por la lluvia de los días anteriores: “No pasamos el barro con ningún vehículo; el lugar, El Trébol, es hacia el Sur. Viven dos o tres familias allí y a los chicos se los recoge camino a la escuela”.

“No son escuelas lindas. La mayoría de las instituciones del sur están muy olvidadas por nuestros gobernantes. A pulmón se hacen habitaciones que luego sirven para salones. Los niños van desde Juárez y El Quemado, hay varias familias que viven a la vera del camino a la escuela”, cuenta y agrega que no cuentan con el espacio ni los bancos ni las mesas suficientes para todos los chicos que asisten de 1° a 6° grado en tres salones. 

“No tenemos luz”. Dan clases sin ella. La red eléctrica no llega hasta allí. En los otros anexos, tampoco porque Tres Palmitas está a 12 km, La Esquina a 17 km y Campo Bandera, la escuela base, a 20 km.

Rosa dice que la jornada de trabajo es completa y que se sufre mucho el calor. “Nos arreglamos con el espacio; se torna difícil, pero hacemos el trabajo y nos tratamos de adaptar. Se sufren muchas carencias. Tenemos que seguir”, describe y enumera la esperanza: “Espero que pronto nos toque la construcción de escuelas al sur de Ingeniero Juárez y se asfalte la ruta 39, que está en proyecto; y que llegue la luz eléctrica. Seguimos esperando”. 

La ruta es un tema aparte. Una lección, ya que hablamos de maestros. No tiene piedra. Es ese barro colorado o negro pantanoso que se te pega en las zapatillas. Pero no pueden usar botas por el peso y la distancia.

José, el director que también es cocinero

José tiene 35 años de servicio y actualmentees director de la Escuela N° 330 “Antártida Argentina” de la Colonia San Roque, jurisdicción de Subteniente Perín, cerca de Ibarreta.

Indica que el trabajo en escuelas rurales implica una enseñanza más personalizada, un seguimiento mayor a los alumnos. “Son pocos y nos conocemos todos. Por lo general, el maestro habla con los padres por si hay un problema”.

Cuenta que el maestro rural hace las veces de taxista, enfermero, juez. Actualmente, él también es cocinero de la escuela porque la persona que se ocupaba de eso se jubiló, y como la partida resulta insuficiente, decidió cocinar para los 24 alumnos que cursan de 1° a 6° en sólo dos aulas, y 5 docentes. 

Si bien en la comunidad eran 37 familias; hoy sólo quedan 12 familias. “Cuando hay fiestas, pasamos a ser maestros de ceremonia. Es una familia un poquito más grande”, sostiene. 

“Trabajo en el fruto que se ve: por ejemplo, ver un chico que ingresa a la escuela y el padre lo tiene que buscar y hoy lo encuentro y es todo un profesional. Las familias me agradecen eso, y en mi nombre, agradecen a todos los colegas que pasaron por la escuela”, enfatiza.

De la cotidianeidad de su labor, destaca las veces que la lluvia los “agarró” y tuvieron el auxilio de los vecinos; pero también cuestiona que a veces, les tocaron familias que se trasladan por trabajo y se llevan a los chicos.

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