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El dinero no debe gobernar

19/05/2018 Una columna de opinión de Carlos Alberto Roble

El reciente documento del Vaticano titulado “Oeconomicae et pecuniarie quaestiones” (Finanzas y las cuestiones monetarias) alerta sobre el creciente poder de los mercados financieros sobre los Estados nacionales que llega a la imposición de políticas para maximizar la renta no productiva con la exclusión de millones de personas en todo el mundo.

El documento de la Iglesia católica adquiere una significativa relevancia en Argentina por la situación que padece el país en esta cuestión.
Un pensador del campo nacional y popular, Raúl Scalabrini Ortiz, mencionaba que “la crisis óptima, la mejor crisis del mundo, la crisis perfecta” es aquella que “nadie podrá superar ni demostrar, porque sólo existe en la imaginación y en los tenebrosos propósitos de quienes la utilizan como pretexto para desmantelar un país y sumirlo en la verdadera y permanente crisis económica y espiritual que caracteriza a toda factoría, porque si no hay crisis, no hay argumento valedero para justificar medidas que no resisten el menor análisis”.

Hoy estamos viviendo en el país esta descripción de “la crisis perfecta”.

El miércoles pasado, el presidente Mauricio Macri hizo un llamado “un gran acuerdo” para ver por dónde pasa la tijera del recorte de las inversiones en servicios a cargo del Estado nacional, provincias y municipios para “reducir el déficit fiscal”.

Por supuesto que todos los que tienen responsabilidades de gobernar están afectados por esta crisis que del 24 de abril a la fecha volvió a devaluar el peso, esta vez en un 20 por ciento.

Pretendemos partir desde estas conceptualizaciones para señalar algunas observaciones al llamado al “diálogo” que pretende el Presidente.

Sin embargo, es necesario dejar en claro que la intención siempre es que a quien gobierna le vaya bien en la gestión, porque lo contrario sería como llevarnos a un suicidio colectivo.

La intención del Presidente es que la discusión gire en torno a medidas ya adoptadas o decididas: ir por un mayor ajuste que, como sabemos, tendrá un costo social.

Aparece aquí lo que en filosofía se denomina falso supuesto. Es decir, se simplifican el número de opciones, se las limitan generalmente a dos sin dar lugar a otras que también tienen su rango de legitimidad.

Así se cae en un círculo vicioso porque en otras palabras es un reduccionismo de oposición binaria del tipo: “Se está a nuestro favor o en contra”.
La pretensión es que cuando los dirigentes políticos, sociales, sindicales, empresariales y otros que componen el escenario de quienes tienen representatividad se puedan plantear alternativas.

De lo contrario, es válido pensar que lo único que el Gobierno nacional pretende es lograr consenso para lo que ya hizo y lo que piensa hacer.
Una de esas alternativas pasa por la propuesta de la Iglesia católica para regular desde la ética los mercados financieros que extraen las riquezas de los países, sobre todo de los llamados emergentes, como el nuestro.

Un párrafo del documento eclesiástico, que pretendemos sea analizado, señala: “Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana” y en otro afirma: “El dinero debe servir y no gobernar”. Para meditarlo.

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