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María Rosa Lojo: “La idea de que el poder o la palabra emanen de las mujeres no está aún naturalizada”

27/05/2018 La escritora e investigadora del CONICET analizó las representaciones acerca de la mujer a lo largo de la historia de las Letras argentinas

María Rosa Lojo, doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA), escritora e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), se refirió a las representaciones sobre la mujer argentina que se dieron en la historia de la literatura nacional. Asimismo, en este diálogo exclusivo con Cronopio, la autora opinó también acerca de los derechos de las mujeres y sobre el proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Entre sus obras, se destacan las novelas “La princesa federal”, “Una mujer de fin de siglo” y “Todos éramos hijos”. A su vez, publicó el libro de ensayos “Cuerpos resplandecientes: santos populares argentinos”, dedicado a figuras como la del Gauchito Gil, Gilda y la Difunta Correa.

Como investigadora, usted analizó las cuestiones de género en la literatura argentina. ¿Puede sintetizar las representaciones sobre la mujer argentina que halló a lo largo de la historia? 

Hay a mi juicio dos modelos fundamentales (me refiero a los ejemplares) de representación que se repiten desde las narraciones fundantes: la Mediadora y la Madre. Ambos modelos figuran en la primera crónica rioplatense, escrita por el funcionario y militar asunceno Ruy Díaz de Guzmán (que ya era un mestizo), en los anales que se conocieron durante varios siglos como “La Argentina manuscrita” (1612), ya que fueron llevados a la imprenta por primera vez en 1836.

Se trata aquí de dos personajes: la supuesta primera cautiva Lucía Miranda, y la Maldonada, mujer española que, agobiada por el hambre durante la primera fundación de Buenos Aires, se pasa del lado de los indios; cuando la encuentran los españoles, recibe la sentencia de ser atada a un árbol y devorada por las fieras. Ambas son mediadoras (o quedan en el medio) entre la “naturaleza” y la “cultura”, entre la “barbarie” y la “civilización”, entre “lo mismo” y “lo otro”. Pero la Maldonada, además, cuenta con un poder que le permite salvarse: en su huida hacia los indios, ha auxiliado en el parto a una leona. Gracias a lo que la leona caza mitiga, primero el hambre y luego la misma fiera será su protectora ante la muerte. El oficio sagrado de la Maternidad (que está incluso por encima de la ley) la ha protegido.

Estos roles se seguirán repitiendo en la Historia y en la Literatura. Baste recordar a las madres de dos grandes adversarios: Domingo Sarmiento y Juan Manuel de Rosas, veneradas y obedecidas por sus hijos adultos, que desde ese lugar, el de la madre, logran también ser escuchadas y respetadas incluso por los enemigos de esos hijos. Podemos pensar incluso que, si las Madres de Plaza de Mayo no fueron eliminadas de un plumazo durante la época de la última dictadura, esto se puede haber debido, en parte, a que se presentaban como Madres pidiendo por sus hijos, más allá de la política; y eso les confería cierto tipo de intangibilidad dentro de la cultura patriarcal.

Figuras célebres de mediadoras son las de Encarnación Ezcurra y su hija Manuela que, si bien con energía propia, funcionan como canal conductor entre Rosas y el pueblo. Y por supuesto, la de Eva Duarte. Todas han generado, asimismo, una literatura, o mujeres de ficción semejantes a ellas.
Ahora bien, ¿qué pasa cuando las mujeres pretenden hablar solo desde y por sí mismas? Las cosas se complican, en la realidad histórica y en la literaria. La idea de que el poder o la palabra, o el poder de la palabra, emanen directamente de las mujeres, no está aún naturalizada en la sociedad. Y no es infrecuente que, cuando una mujer artista resulta unánimemente consagrada, suele llegar a ese sitial desde un destino trágico: Alfonsina Storni o Alejandra Pizarnik, más allá de sus méritos, encajan en el tipo de la “artista suicida”, la desencajada de las normas, que paga con la vida la desviación supuesta por su creatividad.

¿Cuál es su opinión sobre el movimiento que se generó en los últimos años en nuestro país para reclamar por los derechos de las mujeres?

Ante todo, cabe observar que estos movimientos representan una continuidad con respecto a un largo proceso histórico en procura de la igualdad de derechos, que arranca ya con las intelectuales del siglo XIX. El “Ni Una Menos” se propone la visibilización de la violencia de género, figura penal que fue decisiva para que dejara de apelarse al estereotipo del “crimen pasional”, bajo el cual se enmascaraban (y atenuaban) tantos asesinatos de mujeres. También se ha visibilizado como práctica abusiva y repudiable el acoso sexual que antes se callaba o se mantenía oculto como si las víctimas fueran las culpables y debieran avergonzarse. 

Por otra parte, también se busca volver más visible lo positivo. Hay colectivos como el recién creado “Nosotras Proponemos”, que quiere poner en valor la producción creativa de las mujeres, generalmente relegada de los circuitos de canonización.

¿Cuál considera que debe ser el rol que tienen que ocupar los hombres para poder acompañar esos reclamos?

No está en mi ánimo indicarles a los varones lo que tienen que hacer. Pero me parece obvio que, si desean acompañar a las mujeres en sus propuestas, ante todo dejen de lado el machismo como postura cultural naturalizada (muchas veces por las mismas madres).
Supongo que todo varón que desee ser realmente feliz con una pareja mujer (y con cualquier pareja), o estar en buenos términos con una amiga, una hermana o una compañera de trabajo, debe empezar por considerarla un par, un igual, con los mismos derechos y obligaciones, merecedor de respeto. Alguien capacitado para optar y para decidir sobre sus deseos y sobre la orientación de su vida. Es un peso muy grande decidir por otro/a, y la persona sometida, si es que no se destruye, siempre “pasará la factura…”

En mi novela Una mujer de fin de siglo (1999), inspirada en la vida de la escritora Eduarda Mansilla (1834-1892), dos personajes discuten con cierta ironía sobre los derechos de las mujeres (hablando del estreno de Casa de Muñecas) y dicen esto: “--Es una horrible violencia que la sociedad y su marido coloquen a una mujer ante la disyuntiva de permanecer con sus hijos o luchar por su legítimo destino como individuo. --Nunca me hubiera imaginado que usted fuera feminista. --Supongo que más bien soy humanista. Y muy cómodo. No me agradaría cargar con una eterna niña, o algo parecido a una deficiente mental.”


La ley de IVE 


María Rosa Lojo firmó recientemente una carta abierta en apoyo al proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, junto con muchas otras escritoras argentinas. El texto fue rubricado por 247 autoras, dramaturgas y editoras. La iniciativa legislativa sería tratada por las dos Cámaras del Congreso nacional en el transcurso del mes de junio.

“Firmé la carta porque considero que en la práctica la penalización del aborto no solo carece de sentido (si se aplicara, miles de mujeres y de médicos tendrían que ir a la cárcel todos los años), sino que contribuye, tal como están las cosas, a ocultar el problema, y a poner en riesgo especialmente a las mujeres más vulnerables y con menos recursos”, expuso la autora.

“No significa esto que yo (o cualquiera de las que firmamos la carta) estemos a favor del aborto como la solución para los embarazos no deseados. Por el contrario, cuando se llega al aborto es porque la instancia de anticoncepción y planificación reproductiva ya han fracasado. Pero despenalizarlo, y permitir que las mujeres que deciden hacerlo lo practiquen en forma segura, no clandestina, va a posibilitar conocer verdaderamente lo que está pasando. Significará tener estadísticas confiables, poder estudiar así por qué se llega a esta instancia e incentivará, desde el lado de la salud pública, la búsqueda de mejores herramientas para una prevención del embarazo que involucre a los dos géneros y proteja a las potenciales gestantes”, aclaró.
“En cuanto a las personas que se manifiestan en contra, las respeto, aunque tengan una perspectiva diferente. Es un tema de verdad complejo y sin duda lo ideal sería que nadie tuviera que abortar. No dejan de ponerse en conflicto, dramática o trágicamente, dos derechos: el de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, y el de esa otra vida humana que empezó a gestarse en él”, manifestó Lojo.

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