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Con 74 años vende mandiocas en la ruta 11 para mantener a su hijo adoptivo y alimentar a chicos del barrio San Isidro

28/05/2018 Hace 20 años una mujer le pidió que cuidara “un ratito” a su bebé y nunca más lo vino a buscar. “Lo abandonó porque tiene labio leporino pero no sabe del hermoso hijo que se perdió”, aseguró

HISTORIAS DE VIDA

La perseverancia es un esfuerzo continuo, supone alcanzar lo que se propone y buscar soluciones a las dificultades que puedan surgir, un valor fundamental en la vida para obtener un resultado concreto.

Con perseverancia se obtiene la fortaleza y esto nos permite no dejarnos llevar por lo fácil y lo cómodo. Historias de Vida de La Mañana, esta semana relata las vivencias de una mujer que atravesó todo tipo de situaciones dolorosas y algunas de ellas decepcionantes, sin embargo, nunca perdió la empatía hacia el prójimo ni dejó de ayudar a los más necesitados, pese a que su condición de por sí es muy humilde.

Nuestra protagonista de hoy es Miguela Bernal, quien tiene 74 años. Nació el 7 de enero de 1945 en La Picadita, una localidad formoseña que está ubicada entre Loma Senés, Villafañe y Pirané. “Queda en el medio del monte”, graficó la mujer.

Su madre se llamaba Guillermina Ramírez y su padre, Carlos Bernal. Fue el primer poblador y quien le otorgó el nombre “La Picadita” a la localidad, que en la actualidad fue rebautizada como Benjamín Victorica. 

Fue instantáneo, ni bien mencionó esa situación se le inundaron los ojos de lágrimas a Doña Miguela. Le duele pensar que ya sea por cuestiones políticas o religiosas cambiaron el nombre que su padre le dio esa tierra virgen. “Le pusieron el de un sacerdote que ni sabemos si es de ahí ni qué hizo, hace mucho que no puedo ir porque queda a 20 kilómetros desde la ruta y hay que ingresar caminando pero me da tristeza que se olviden de papá”, contó.

Tiene un hermano, Sebastián, quien cosecha las mandiocas que luego ella vende. Está separada, tuvo seis hijos de los cuales cinco están con vida. Tiene más de 30 nietos, asegura.

Durante su juventud trabajó 36 años en la administración pública y la enorgullece decir que toda la vida ayudó a quienes la necesitaron. “Siempre estoy dispuesta a brindarme a quienes lo necesitan, siento satisfacción al hacer algo por otros. Muchas veces no es fácil y hay que juntar bastante dinero, por eso salgo a vender y con la edad que tengo puedo decir que Dios me bendice con una salud rebosante”, expresó.

“No sabe de lo que se perdió”

Cuando tenía 54 años de edad llegó a su casa una mujer que cargaba un pequeño bebé en brazos. El niño tenía su rostro cubierto por una manta. La mujer le pidió a Doña Miguela que lo cuide un momento, que iba a buscar un médico porque había salido “defectuoso”. Cuando la madre se fue, Miguela descubrió el rostro del niño y vio que el defecto que mencionaba se refería a que tenía labios leporinos. Pasaron los minutos, las horas, los días, los meses… y así transcurrieron 20 años desde esa fecha en que le pidieron que cuidara al niño. “Esa mujer no sabe el hijo que se perdió, es una maravilla de persona, es mi compañero inseparable y lo mejor que me pasó en la vida”, resaltó.

Hoy es un joven voluntarioso y trabajador, que vende mandiocas junto a su madre y hace todo el esfuerzo para acarrear las pesadas bolsas y alivianar la carga de Doña Miguela. Se llama Juan Carlos Molina y tiene 20 años. Consultado por este diario, dijo con dificultad en el habla pero con toda la firmeza posible: “Mi mamá es lo mejor que tengo”.

Además tiene dos nietos viviendo con ella. “Los padres no pudieron tenerlos y se fijaron en mí. Yo no puedo dejar que salgan por la calle, entonces tengo que aguantarme hasta que ellos recapaciten y se den cuenta si hacen bien o mal. Si no alcanzo a vivir para que ellos me agradezcan aunque sea en mi sepultura lo van a hacer”, dijo.

Vivencias

Doña Miguela tuvo que salir a flote ante diversas situaciones difíciles. Primero lo hizo luego de su separación, de la cual no se arrepiente, sino que asegura: “Si uno no tiene un buen compañero, que quiera trabajar para progresar, es mejor andar sola”.

Otra de las situaciones difíciles que le tocó atravesar fue la enfermedad de uno de sus hijos luego de la cual se desprendió de su casa que estaba en el barrio Eva Perón. “Cuando uno de mis hijos, que ya estaba grande, casado y con hijos, se enfermó grave lo llevé a Buenos Aires para que se opere. Tardó un tiempo en estar mejor pero cuando llegó a Formosa resulta que su mujer ya se había juntado con otro hombre, en su propia casa. Entonces para que él tuviera un techo donde poder reclamar la visita de sus hijos le di mi casa. Me fui a vivir al San Isidro y de a poco hice mi casita de nuevo”, contó.

Lo más reciente que le pasó fue cuando solicitó un préstamo de 20 mil pesos en un banco local para poder arreglar un auto viejo y salir a vender mandiocas. Para no gastar el dinero hasta que sea el momento oportuno lo dejó depositado pero cuando fue a retirarlo resulta que sólo le quedaban 5 mil pesos, el resto se lo llevaron los gastos de mantenimiento. “Si te caes siete veces, levántate ocho”, dice el dicho. Ella lo aplicó.

Si come uno, comen dos…

Cada semana su hermano le trae mandioca y ella vende en la ruta. Es jubilada pero su interés en juntar dinero es para preparar ollas populares con las cuales da de comer a muchos niños de su barrio. “Ahora con el frío estoy preparando locro, una parte vendo y lo otro es para que coman los chicos. Hay mucha necesidad en el barrio y algo que me duele mucho es ver a los chicos pasar hambre”, expresó.

“Tengo vecinos con 10 o 12 chicos, donde los padres no existen, hay mucha necesidad y situaciones tristes que pasan los niños y ante eso hay que hacer algo, yo elijo darles de comer siempre que puedo, pero así más personas podrían ayudar de alguna manera”, invitó. 

También reflexionó sobre la necesidad de ser más solidarios con el otro. “Son cosas en las cuales la gente tiene que ayudar, no importa la cara de la persona. Muchas veces dicen ‘no, esos chicos son así’, no tienen que ver los defectos cuando hay una necesidad presente. ¿Quién soy yo para juzgar?”, dijo.

Consideró que en la actualidad “hay necesidad porque no hay trabajo, eso lo veo con mis hijos que son albañiles, cuenta mucho ganar la moneda hoy en día y con la inflación no dura nada”.

Quienes deseen ayudar a esta señora y a su hijo pueden dirigirse al barrio San Isidro, manzana 8, casa 4, o llamar al celular 3704563514. Todas las mañana sale a vender a la vera de la ruta 11, en el semáforo que dirige al Circuito Cinco.






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