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Anécdotas del segundo cine en Formosa: cuando los spoilers eran necesarios

28/06/2018 Hablar de cine nos puede disparar a muchos lugares: al espacio físico, al género artístico, su evolución y su historia, a las películas, a las preferencias y críticas de éstas, al éxito de cada estreno, al público, a los que producen el film y también, a los que deciden hacer de su casa un cine, como los Mussano. Hace setenta años, por iniciativa de un inmigrante italiano, Don Pílade Mussano, nació en Formosa el Cine Español. En diálogo con Cronopio, Olga Mussano, la pequeña que recibía las entradas y acomodaba las sillas, revive una historia hecha de anécdotas graciosas.

“Mi papá llegó a la Argentina a sus 18 y fue a vivir al Chaco. Trabajó como agricultor, luego en contabilidad y después, la familia enterase metió en el cine. De Charata fuimos a vivir a General San Martín y de ahí, a mi seis años vinimos a Formosa”, comenzó a relatar Olga. El cine Español inició en la Sociedad Española, sobre la calle Moreno al 600, y funcionó durante trece años en paralelo al Savoia, hoy Cine Italia.“Empezó siendo al aire libre y luego se cerró una parte. Hasta ese entonces allí había una cancha de pelota vasca y sobre la pista de parqué, enfilábamos las sillas”, describió.

“Lo simpático de esto -dirá anticipándose a la siguiente pregunta-es que cuando hacía mucho calor, y como las sillas no estaban unidas, cada uno agarraba su asiento y se trasladaba a la pista al aire libre. En esa época sólo había ventiladores y te picaban los mosquitos. Lo mismo cuando las sillas estaban afuera y llovía, cada uno agarraba la suya y se iba debajo del techo; habían dos pantallas”.

Olga Creció en ese ambiente y lo disfrutó hasta donde le permitió la época. Su casa estaba en el cine y el cine, era parte de su familia: su papá era el dueño, quien elegía y traía las películas, su mamá, Doña Zita Vogelmann -inmigrante alemana-, vendía las entradas. Olga las recibía antes de acomodar a la gente,y su hermano era quien pasaba las películas.

El largo 
camino 
a casa

“Las películas llegaban desde Santa Fe y Buenos Aires. Mi papá viajaba a firmar el contrato por temporada y desde allá las mandaban. El problema era cuando llovía”, comentó Olga. No había partes en la historia de su cine que no tenga peros. En esa época, el pavimento terminaba en un pueblo de la provincia de Santa Fe por lo que los pasajeros debían hacer trasbordo. Su padre -contó- tenía que garantizar las entradas gratis a los choferes de empresa de colectivo para que, cuando se bajara la gente al final de asfalto para cambiarse de vehículo, éstos cruzaran a hombro la bolsa de películas.

“Así llegaban. A veces, sobre la hora de la función y estábamos todos con el Jesús en la boca. Más de una vez tenían que venir por el Colorado. Eso hizo que con el tiempo mi papa se pusiera en contacto con unseñor de apellido Pourcel, de Chaco. Como tenía un galpón grande, lo convenció que armaran un cine allí. Don Pourcel aceptó y mi papá le mandaba las películas desde acá; estaban en Sociedad”, relató. Olga lo cuenta pausado para no olvidar detalles. Así, entre risas y anécdotas, dejará ver los cambios en las visiones de una y otra época.

La censura

La clasificación de las películas, otro tema que –según Olga- “dependía del sentimiento y el horror que podría sentir las personas que integraban la Comisión de padres”. Se había formado por esos años una especia de junta clasificadora, integrada por señoras muy mayores –entre ellas, Doña Juanita Gilabert, su maestra de primer grado superior- con la participación de los curas de la ciudad. Y si bien las películas ya venían clasificadas desde Instituto Cinematográfico argentino (+13; +18; todo público), la junta debía revisarlas, “porque nunca estaban de acuerdo con el criterio de Buenos Aires que era mucho más moderno”. Así lo expresó Olga y mencionó que “más de una vez calificaron prohibidas para 13 años, películas en las que había un insignificante beso”. 

“Las viejitas se alborotaban ante cualquier escena. Pero en ese entonces, no se podía protestar porque te las hacían peor”, contó entre risas. “Los representantes de la junta aparecían en los estrenos de cada película y por supuesto, entraban gratis. También lo curas; se acomodaban en una especie de vip, sobre una tarimita para que no los vean y miraban las películas. Era una pelea constante con papá quien renegaba en italiano; pero éstos siempre hacían de las suyas”.

Spoiler 
necesario

La oferta cultural de los cincuenta –y sesenta- no era mucha: dos cines, el Club Social, la casa Paraguaya para bailar, El Palenque y El Cabildo. Por eso, en El Español las funciones se llenaban y sobre todo los fines de semana; era un éxito, salvo cuando la película se detenía y había que “salvar las papas”. “Cuando se cortaba la luz por ‘h’ por ‘b’, que era muy común en ese entonces, como mi papá se veía la película cinco o seis veces antes, se paraba en frente del público y le contaba todo el final, por las dudas que la luz no viniera. Lo más gracioso era que él hablaba la mitad en italiano y la mitad en castellano”. Un spoiler* indescifrable.

En el cine de antes, analógico, había que ser rápido. Sobre todo cuando se terminaba el rollo. “Venían en latas independientes. Se calzaban en una especie de perchero, como una puerta parada con ejes. Mientras se pasaba uno se preparaba el oro. Cuando se empezaba a terminar el primer rollo, se desenrollaba todo, con cuidado para que no se diera vuelta la película, y se ensamblaba con acetona. Todo en vivo y rápido. Entonces, una vez terminado el rollo, el proyeccionista debía cortar ese pedacito, sacar el pegote y poner de nuevo en la lata”, detalló Olga y aclaró que en los gritos del público estaba el margen de error.


*Spoiler: es la persona que cuenta el final
de una película/serie, sin necesidad.




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