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CRÓNICAS DE BARRIOS: La Floresta, entre luces y sombras

11/07/2018 La Floresta es un barrio grande que se ubica a un paso del movimiento y a la vez permanece distante, ya que se enmarca entre montes y accesos: limita al sur con la avenida Dr. Laureano Maradona, al oeste con la avenida Independencia y en lo que resta, lo bordea la barrera del riacho Formosa. Un barrio -en parte- fragmentado, que crece entre los cimientos de una historia de luchas, de fracasos y de nuevos intentos

La Floresta es un barrio antiguo, conocido también como la Chacra 7, que comenzó a poblarse en los años sesenta, cuando la ciudad empezaba a extenderse hacia el norte de la avenida González Lelong. Entre los primeros vecinos, se encuentran Cayetano y Rafael Guzmán, los Centurión, la familia González, Salazar, Beterette, Capra, Paredes, Parola, por nombrar algunos. Así lo recuerda Angélica Guzmán, una vecina que pasó su infancia jugando en las calles -más de grande, trabajando-, y hoy ya hace veinte años que vive en el barrio. 

“La Floresta no era tan grande, apenas unas manzanas al borde del riacho. La zona más próxima a la avenida se llamaba Villa San Martín, y el barrio de al lado, Villa Belgrano. Vivían mi abuelo y mi tío, me crié aquí. Recuerdo que al principio no eran muchos los vecinos; había casas, ranchitos y luego monte. Teníamos la escuela, el almacén de Doña Negra y, a pasos, la carnicería de los Díaz. Eso era todo. Además, una partera, Doña Liboria; y hacia el fondo del barrio, la capilla”, comentó.

Haciendo un esfuerzo, miró al barrio de hoy con sus ojos de niña: “Donde hay un motel, había una casa rosada, grande, medio abandonada, se decía que estaba llena de uras, se decía cada cosa; ahí al ladito vivía Doña Nelly, mi mamá trabajó un tiempo con ella. Antes se acostumbraba mandar a trabajar a las hijas a una casa de familia, como empleada doméstica o de niñera. Así, trabajando cama adentro, uno se iba yendo del barrio, se iba perdiendo. Pasó conmigo; aunque nunca me fui del todo: un tiempo, con mi hermana vendimos verduras por la zona, la señora Paredes nos compraba siempre y nos daba el desayuno. Luego, cuando formé familia, conseguí un terreno en el barrio, lo compré y volví. Me quedé, ya no me moví”, describió Angélica.

Rememoró también las tardes en la escuela Cristo Rey y cómo se entusiasmaban entre los chicos cuando veían llegar de lejos “al camioncito del Ejército, que traía el cocido para la merienda”. Hoy de este primer establecimiento quedan los restos, que, con el mástil intacto, forman parte del museo del barrio. Sin embargo, la tarea que allí inició la primera maestra y directora, la señorita Paredes, continúa hoy en la escuela privada Católica María Auxiliadora Paredes, ubicada sobre la calle Florentino Ameghino al 600.

Esta no es la única escuela -también está la Especial de sordos e hipoacúsicos Nº 5 “José Facio”- ni los restos de la Cristo Rey, la única reliquia. El barrio está lleno de construcciones antiguas, y, entre estas, se encuentra la primera Capilla San Cayetano.

Entre la vieja y la nueva

La Vieja Capilla tiene luces y sombras. Según relatan los vecinos, la inquietud por tener una capilla surge a mediados de los años cincuenta. Empezó así a materializarse la idea, precisamente el Día de Reyes del 55: se colocó una cruz de palma en medio del terreno, en presencia del padre Felipe Pifer, los señores Guido, Eduardo y Julio Parola, Otón Denis, Don Escobar, José Aguilar y otros vecinos del barrio; y al tiempo, se levantó una capillita hecha de paja, palma y entusiasmo, con el esfuerzo de las mulas y la dirección de vecinos como Osvaldo Rivero. Para superar obstáculos, como la falta de materiales, el sacerdote impulsó la construcción de una ladrillería en el campo de Juan Capra, un antiguo poblador del barrio, y otros vecinos trajeron las maderas para el techo del interior provincial. Así, para el 7 de agosto del 56, estuvo terminado el templo, con la imagen del santo que fue donada por la hermana del sacerdote, traída de la catedral de Florencia, Italia.

Todos colaboraron de la edificación, incluso los más chicos. Muchos recuerdan con gracia haber sido niños, cuando el padre Felipe los recolectaba en su jeep, para que vayan a acarrear ladrillos, siempre de siesta. Hoy la capilla -ya mucho más grande y a una cuadra de distancia de ésta primera- sigue teniendo la misma presencia. Año a año, la celebración de San Cayetano es una fiesta del pueblo, más que del barrio. Así lo cuenta Don Barreiro, mientras coloca unos caños en la vereda, previendo las cuestiones que demandaría el evento. 

Evaristo Bareriro vive en el barrio desde el año ochenta, pero lo conoce desde antes: ya en los sesenta tomaba allí la catequesis. “Mi papá hizo su casa en este barrio porque era devoto de San Cayetano, y yo desde que llegué formo parte de la comunidad religiosa. Por esos años no teníamos la barrera. La creciente del 82 agarró la capilla, arrasó con todo en el barrio, tal es así que ese 7 de agosto lo celebramos en el patio de un vecino y con carpas que nos prestó el Regimiento. Fue lindo, igual. Siempre es lindo”, comentó. 

Así, explicó que la inundación tuvo mucho que ver con el paso de una capilla a la otra. “La geografía del barrio cambió mucho, después de que construyeron la barrera. La capillita quedó muy abajo. Cuando se hizo cargo Don Ríos, se marcó el otro terreno en la esquina de Chazarreta y Moiraghi.

No sabíamos que se iba a hacer. Se hicieron todos los tratos para levantar una capilla nueva y a los vecinos nos tomó por sorpresa. Pero Don Ríos era así, una persona muy callada, austera. A mí me tocó formar parte de ello, participé del marcado y de los primeros pozos, para hacer las fundaciones. De a poco se levantó la Capilla San Cayetano que tenemos hoy, a cargo de las hermanitas”, resumió.

La zona roja

La Floresta es un barrio aparentemente tranquilo, aunque es conocido por sus reiteradas apariciones en las páginas policiales de los diarios. “Un barrio bravo”, lo describen incluso sus mismos vecinos, quienes se animan a mostrar la otra cara de la vieja capilla. Se rumorea que el edificio abandonado es usado como tapera y que incluso allí se nuclea la circulación de drogas. 

Según informaron, el barrio tiene dos grandes problemas: “los robos en moto” o los de la modalidad en que “cobran peaje”, y por otro lado la droga. “Acá hay gente que vende. Lo que más circula es cocaína. También paco. Se trae de otro lado. La mayoría de las personas que vienen son del interior, principalmente de Ibarreta. Vienen, hacen un golpe y se vuelven a la localidad”, dijo un informante refiriéndose a la llamada “zona roja”.

La misma se ubica hacia el fondo de La Floresta, al margen y detrás de la barrera. 

La zona de alerta por el avance del agua, la zona inundable, donde no existen delimitaciones certeras de los terrenos, donde no se pagan impuestos y tampoco hay calles, donde sí hay pasillos, hay cables enganchados de otros cables que se enganchan a otros cables, donde nacen las bandas y permanece el amontonamiento.

“La única forma de vivir tranquilo es manteniendo el qué tal, buenas tardes y basta”, explicó un vecino para detallar que si nadie se mete, nadie molesta. Sin embargo, entre la resignación o el positivismo, admiten que “igual, no es como antes”. En varias oportunidades, los vecinos destacaron la permanente presencia policial, incluso hay quienes llegaron a comentar: “Ahora se calmó bastante. Van creciendo, estabilizándose. Saben que ya no son menores y pueden caer y alejarse de su familia”.

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