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CRÓNICAS DE BARRIOS: 6 de Enero, donde se prende el sol

10/10/2018 El 6 de Enero es uno de los barrios que bordea la ciudad. Está ubicado al este, allí donde amanece primero; luego de los barrios 20 de Julio y 8 de Octubre, entre el monte y los palmares. El barrio no es grande -no alcanza las 10 manzanas- ni tampoco viejo, pero sí tiene algo indispensable: identidad.

La radiografía de un barrio resulta de las historias de los vecinos más antiguos y de los más nuevos, más lo que se ve, se oye y se siente en el día a día. Dos mujeres caminan bajo el sol de la siesta, por el medio de la calle, con su canasta de chipa en la cabeza. Van saliendo del barrio, lento y seguras, como si calcularan llegar a su puesto en el horario de la merienda. Hay varios chiperos en el barrio. Hay también varios carreros: dos carros en la mitad de una calle irrumpen el paso, hay otros estacionados al costado del monte. Aunque -según dirán- no juntan la basura de esas cuadras porque trabajan en otra zona. A los residuos, en el barrio, los tiran en el monte. No hay basureros en las calles, mucho menos contenedores. “Nadie pasa a recolectar. Bah, sí… por ahí, alguna vez por año”, explicarán al respecto.

Las veredas del 6 de Enero son angostas, las calles –todas de tierra- son espacios de encuentro, sobre todo a la siesta, cuando los niños y las niñas salen de sus casas a jugar. Hay ropas colgadas en los alambrados a falta de tender, y portones construidos con materiales reciclados, a falta de hierros. Las casas son bajas, los arboles también. Hay aves, caballos y perros caminando; también hay víboras. Hay muchas plantas, mucho monte. Hay aire.

“Hice mi propia casa y las de mis vecinos”

“Hace 12 años nos entregaron la vivienda. Vivíamos en el San Agustín y nos inundábamos permanentemente. La mayoría aquí vino de una zona inundable, pero muchos se fueron. Yo, mi vecino, somos los que aún estamos, desde el primer día”, así empezó a relatar su historia -y la del barrio- Wenceslao Aquino. Su sentido de pertenencia con el 6 de Enero es -quizá- el más fuerte: no fue sólo el primero en habitar, fue uno de los obreros en levantar el barrio. 

“Cuando llegamos, la imagen del barrio era que la que ves hoy, hacia el final de todo: esto era charco, esteral y monte: palmera, palmera, palmera... Vino una empresa chaqueña de nombre Medina y se instaló con las maquinarias a un margen del barrio. Desmontó cada terreno para construir vivienda por vivienda. Ahí trabajé yo. Hice mi propia casa y las de mis vecinos”
, relató Don Aquino. 

Junto a su esposa, Juana, comparará su vida y su barrio, en el paso del tiempo. “No había nada -recuerdan entre risas-, ni agua ni luz. Antes de que instalaran la planta en la zona, nos arreglábamos con un único tanque comunitario para todos; si no, usábamos el del 20 de Junio o traíamos del barrio Eva Perón. Ahora ya tenemos, aunque no tenemos medidor, no pagamos; y la luz, vivíamos enganchaditos, con cables que comprábamos entre todos, colocados así nomás, bajitos, en postes de palma”.

En la historia del 6 de Enero, el monte es un protagonista más. “Había vacas y búfalos. Cuando se armó el barrio, se alambró en la última calle. Tuvieron que tirar alambres para que no pasaran los búfalos del campo de al lado. Ese terreno era de un gringo, vasco, que venía en lancha desde el Paraguay. Tenía un aljibe bajo un eucaliptus, que está ahí del otro lado de la cerca; todavía sigue, pero quedó tapado por el monte”, comentó la pareja.

Explicaron que a medida que el barrio se iba poblando, la relación con el monte era de dependencia. “La gente llegaba y el hambre no se aguanta. Empezaron a matar a los búfalos. El dueño iba corriendo su alambrado, pero le volvían a afanar hasta los postes. Se cansó y se mudó”, expresó, para mencionar una problemática hasta hoy vigente en las zonas de orilla: el abigeato y el robo de caballos obligados a cruzar la frontera a nado, atados a la canoa. Bien lo describirán otros vecinos: “Esta es zona de paseros. Se pasa de todo, porque acá no más está el Mangal, siguiendo la ruta de la planta de agua”.

Amanece, que no es poco

El patio del 6 de Enero es un campo de palmeras. Después de eso, no hay nada más que el encuentro del sol y la tierra. “Tenemos el botón que hace salir al sol”, dijo un señor para ilustrar cómo vive cada amanecer, desde la puerta de su casa. Quizá sea esta la razón de “la buena energía” que describirán algunos. Esa que hace que un vecino le ayude a Wenceslao a traer del basural del fondo algunos restos de ventiladores para que reciclara un portón, o la que irradia en la vecina de la esquina, que cada sábado prepara la merienda para los chicos del barrio. La misma que tiene Marcelo para tomar con humor la situación social que los atraviesa: es vendedor ambulante, pero cada vez vende menos. Solía recorrer la ciudad y algunas localidades del interior con baldes, canastos, manguera y fuentes. Pero dejó de hacerlo, porque “está difícil la mano”, porque “cada vez se vende menos”. 

Marcelo Cáceres y Beatriz Guillen llegaron al barrio “cuando estaba todo listo”, hace seis años: el tiempo suficiente para quererlo y protegerlo. Ella trabaja en la casa y cuida a los niños; él vende lo que puede y donde puede. Aun así, no dejan de proyectar. Por eso -ahora- están ampliando su casa, “porque los chicos crecen y hay que hacer espacio”, dijo éste, mientras trabajaba sobre una pared junto a su amigo. Viven frente a un descampado. Allí donde comienza el palmar. “Dicen que están por hacer más viviendas en esa parcela. También hay rumor de que se haría un cementerio, nadie sabe bien. Sería ideal; si pasa algo, ahí no más estamos”, comentó para la risa de todos. Por ahora, sólo es un basural.  

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