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Emilio Tomás, el barrio donde cualquiera quisiera vivir

14/11/2018 Un chipero pedalea por las calles del barrio haciendo tiempo hasta que finalice la jornada escolar. Un grupo de padres aguarda en la vereda de la Escuela 435, “Eva Duarte de Perón”. Una señora riega las plantas y otra toma mate con su esposo en una parcela de pasto, frente a su casa. Estas son algunas de las imágenes diarias del barrio Emilio Tomás, un barrio tranquilo y muy particular. Aquí, la reconstrucción de su historia.

*Por Daniela Carrizo (periodista) 
Ramón Maldonado (reportero gráfico)



El Emilio Tomás se ubica entre el RIMte 29 y las venidas Aramburu y Juan Domingo Perón; y la calle Carlos Videla –nombre de un reconocido periodista del Diario La Mañana- lo separa del barrio General San Martín. Fue construido a fines de la década del 70, sobre un terreno que pertenecía a las fuerzas militares, abordado en casi su totalidad por el estero Facchini. “Se hizo un convenio entre el Instituto Provincial de la Vivienda (IPV) y el Regimiento, y se rellenó el terreno para construir casas: las 46 viviendas, con el mismo modelo del barrio Fontana, construido por Víctor y Miguel Gallo, y las 75 viviendas, de dos pisos”, describió Marta Gladys Irala.

Marta conoce las tramas del barrio, mejor que cualquiera. Llegó en el año 80, pero en esos años trabajaba en el IPV, y vivió de cerca la distribución de viviendas: “En ese entonces, no había sorteos. Las viviendas se entregaban por puntaje. La Secretaría de Vivienda tenía un sistema de puntaje muy estricto; en mi caso, tuve que renunciar a una casa que tenía por sucesión de mi mama”, explicó.

“Entre el 78 y el 79, se comenzó a entregar las viviendas por sectores. Se hizo entrega a distintos sindicatos. Así, vinieron a vivir aquí trabajadores ferroviarios, militares y del Correo. Cuando se construyeron estas dos obras, sobraba terreno. Entonces se volvió a rellenar para construir 53 viviendas más. Muchas viviendas que estaban desocupadas, fueron entregadas a otros sectores: médicos, trabajadores de instituciones públicas”, siguió.

Los porqués del presente

El barrio nació siendo parte de El Reguardo, hasta que con el gobierno de Floro Bogado, pasó a llamarse “Emilio Tomás”, en honor al primer vicegobernador formoseño de la etapa constitucional y segundo gobernador, tras la muerte de Gutnisky. Hasta hoy, su esposa sigue viviendo allí, en el barrio donde residen varias figuras de la política formoseña. 

Está catalogado como un barrio residencial. Es el típico vecindario donde cualquiera quisiera vivir: es pequeño, seguro, se ubica cerca del centro pero tiene la tranquilidad de una zona de quintas. Tiene escuela primaria, secundaria, un jardín, algunos kioscos, una peluquería canina, espacios verdes comunes, grandes árboles que lo protegen del sol, y un centro comercial que no prosperó.

En este sentido –cuenta Marta-, cuando el barrio se construyó se previó el espacio para una plaza y un centro comercial. Luego, gracias a las ganas y el impulso de un grupo de vecinos, se levantó la capilla Santa Catalina. 

En cuanto al centro comercial, explicó que se entregó mediante la “licitación de centros comerciales, barrio El Resguardo”. “Al principio era lindo, un lugar hermoso. Había panaderías, carnicerías, almacenes, verdulerías. Pero con el tiempo, dejó de funcionar porque los dueños de cada local fueron cediendo, vendiendo”, describió. Hoy viven allí un grupo de familias encimadas.

Según describieron sus vecinos, el barrio fue evolucionando con los aportes de las familias: “Al principio era un barrio que se inundaba mucho, por estar construido sobre un esteral; el pavimento solucionó bastante”. Sin embargo, el reclamo por la saturación del desagüe cada vez que llueve, sigue vigente.

Ni título, ni niños

Treinta años –‘veintipico’- de habitarlo, y varios vecinos siguen reclamando su título de propiedad. “Algunos vecinos tienen pero hay un sector que no, y vivimos reclamando. Terminamos de pagar, mis hijos se hicieron grandes, se fueron, me quedé sola, y todavía no tengo el título”, expresó una de las afectadas. Según dijeron no hay documentación del barrio en el IPV, “se esfumó”-metaforizaron- como la paciencia de estos vecinos. 

El testimonio de esta vecina esconde una característica que también será resaltada por otra: “No hay criaturas en el barrio”, dijo Estela y explicó que cuando comenzó la historia del Emilio Tomás, estaba repleto de niños y niñas; el barrio creció con éstos y fueron los principales protagonistas en la construcción de la capilla. Pero no hubo un cambio generacional, la mayoría de los vecinos que están hoy, siguen allí, y los jóvenes fueron migrando de barrio y también, de ciudad.

Santa Catalina

“Primero nació la comunidad religiosa, formamos lo que es la iglesia, luego llegó la capilla Santa Catalina”. Así empezó a relatar Albertina Pinegé, una de las primeras vecinas, el vínculo entre el barrio y la religión, que se empezó a gestar en la última mitad de la década del 80.

“Los vecinos comenzaron a trabajar por la comunidad, Doña Felipa fue una de las primeras. Ella visitó a cada familia con la Virgen y logró que se vaya formando la comunidad religiosa. Así apareció Doña Emilia de Lemos y Doña Nilda, dos de las primeras catequistas. Como Nilda era docente y Profesora de Música, nos conectó con la escuela que también estaba en cimientos. El padre Abel Filippi daba las misas en las casas, en el centro comercial que había en ese entonces y también las primeras comuniones se hicieron allí. Luego se pasó a la escuela”, describió.

Mediante resolución de la Legislatura provincial, consiguieron que el IPV cediera un terreno pensado para un estacionamiento, al obispado. Entonces empezaron con lo fundamental: una capillita hecha de palma, que se hizo para un pesebre viviente. “Ahí rezamos -dijo Albertina- mientras se trabajaba en la venta de rifas y comida para conseguir fondos y por otro lado, subsidios para los cimientos”.

“En el 89 se pasó de la palma al ladrillo, y se levantó mucho más el terreno. Desde ese entonces, trabajamos un montón. Armando la comunidad y a la par, construyendo el templo. El padre hizo un grupo de jóvenes que animaron muchísimo y ayudaron un montón a construir”, expresó. En este sentido, valoró que la participación que tienen los jóvenes hoy en la Iglesia, se fue perdiendo y reconoció que “esto pasó no sólo en el barrio sino, en toda la ciudad”. 

Hasta hoy, la capilla no terminó de construirse, pero sigue en marcha: ahora, se está haciendo el cielo raso. El padre Federico Aquino es quien celebra las misas e incluso, lidera un espacio importante en la comunidad: el EPA. “Se trata de un espacio para adolescentes, de escucha de los problemas a nivel familiar. Es para todas las familias en realidad”, aclaró Doña Tina.

Esta es una de las posibilidades que tienen en el Emilio Tomás para enfrentar uno de los problemas que más se nombraron entre los vecinos: muchos argumentaron que una de las preocupaciones es “el consumo de marihuana entre los pocos jóvenes que tiene el barrio”. EPA funciona los jueves, a las 19 horas.

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