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25/08 - 16:08
Esto le pasa a tu cuerpo cuando estás furiosa (y cómo controlarte)
La ira y el comportamiento agresivo son reacciones instintivas frente a la amenaza de algún peligro. Pero vivir asediados por un estado de furia constante no es para nada recomendable.
La ira y la frustración combinadas producen un impacto negativo, dentro y fuera de nuestro cuerpo. Es lo que podemos llamar “un momento de furia”. ¿Te sentiste así alguna vez? Seguramente sí, ya que forma parte de la condición humana.

La furia, la ira y el comportamiento agresivo son reacciones de lucha fundamentales e instintivas cuando nos amenaza algún peligro. El psicólogo Raymond W. Novaco distingue entre cuatro clases esenciales de provocación que pueden desencadenar este tipo de comportamiento. Éstas son:

- Frustraciones; por ejemplo, una mala nota.

- Sucesos irritantes; por ejemplo, el ruido en el jardín de los vecinos.

- Provocaciones verbales y no verbales; por ejemplo, la sarcástica observación del jefe.

- La falta de corrección y la injusticia; por ejemplo, un aumento de los impuestos desproporcionado.

Es fundamental saber cómo la furia daña tu corazón. Las explosiones de furia aumentan el riesgo de sufrir un ataque cardíaco. Dos horas después de que el enojo ha pasado, el riesgo de sufrir un ataque al corazón aumenta cinco veces, mientras que la posibilidad de un derrame cerebral aumenta tres veces.

La diferencia entre enojo, ira y furia

Desde los gestos y la comunicación no verbal, la furia produce trastornos neurovegetativos que se manifiestan con sudor, palidez o, por el contrario, enrojecimiento del rostro, temblores, gestos desproporcionados con gritos y violencia, sentimientos de odio que disminuyen la capacidad de raciocinio. La persona sufre contracciones del rostro, acompañadas de una mímica que manifiesta estupor y rabia.

Para comprender mejor por qué nos ponemos furiosos, es importante distinguir que escasas veces la ira extrema se presenta en primer término y sin causa aparente. Por lo general, viene precedida de sentimientos primarios de preocupación, culpa, rechazo, injusticia o incertidumbre.

Es importante reconocer el estado anterior a la furia, porque cuando comprendemos, analizamos y recolectamos información sobre lo que nos produce este momento podemos generar un marco de contención para no llegar a ser tan dañinos con nosotros y los demás.

Cómo nos descuidamos cuando estamos furiosos

A modo de referencia, va un listado breve de algunas formas de descuido que nos propinamos a nosotros mismos y a los demás: - Agredimos a personas que no tienen nada que ver.

- Nos desquitamos con aquellos que más nos aman.

- Nos volvemos más torpes e imprecisos.

- Podemos romper cosas como para descargar tensiones.

- No medimos las consecuencias.

- Tomamos decisiones apresuradas, con graves consecuencias para nosotros y los demás.

- Llevamos las cosas al extremo y no hay modo de tener una visión equilibrada.

- Denostamos, criticamos e insultamos.

Formas sencillas de controlar la furia

Enojarse a veces es necesario, ya que nos permite liberar tensiones y desahogarnos. Sin embargo, vivir asediados por el estado de ira permanente y furia constante no es para nada recomendable.

Existen diversos ejercicios para el control de la furia y la ira que buscan transformarlas en elementos de mayor autoconocimiento.

Aquí van algunas recomendaciones:

- Anticipá que estás furiosa. Decí claramente "estoy sintiendo...", de modo tal, de anticipar los acontecimientos.

- Entrená tu respiración. Cuando nos vamos calmando, podemos respirar mucho más profundamente y lento, oxigenando todo el organismo, a la vez que traemos más calma.

- Caminá y hacé algo de ejercicio físico. Mové tu energía; si querés, hablando en voz alta. Percibirás que paulatinamente vas aquietando las emociones a medida que lo verbalizás.

- Salí del ambiente de tensión. El moverte del espacio físico te brindará una perspectiva automática sobre las cosas.

- Si intuís que podrías tener agresión física hacia terceros, poné a resguardo a las personas y solicitá ayuda a una red de confianza.

- Las palabras dañan. Cuidá tu lenguaje dentro de lo posible.

- Buscá ayuda profesional. Psicólogos, psiquiatras y demás terapeutas pueden brindarte abordajes apropiados.

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