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20/09 - 17:09
El miedo en primera persona: "El suelo se levantaba como si fuera de tela"
El productor argentino Marcos Gorbán estaba trabajando en México durante el terremoto y relató para Infobae los momentos de angustia que vivió mientras salía al aire el programa "Cocineros mexicanos"
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Estábamos alrededor de una mesada en pleno repaso de la rutina del programa de hoy. Los técnicos de "Cocineros Mexicanos" alistaban detalles para salir al aire a las 12, como todos los días. Llegué el martes pasado a la Ciudad de México para aplicar, junto con el equipo de producción, un par de cambios que mejoraran la ya buena performance que tiene el programa desde que está en el aire en Televisión Azteca. En voz baja, casi al oído, una de las productoras me avisó que a las 11 iba a sonar la alarma de evacuación.

"Es que hoy se hace el simulacro para casos de terremoto", me dijo. Y cuando a los pocos minutos ya estábamos fuera del estudio, me explicó que se cumplían 32 años del temblor que sacudió la ciudad y la dejó en ruinas.

El ensayo se hizo en orden y con calma. Cada uno volvió a repasar lo que tenía que hacer en caso de sismo. Para mí era la primera vez. Seguí al grupo. Detecté la salida y el punto de reunión en caso de emergencia. Poco después, con la adrenalina de siempre, ya estábamos en el aire.

Cuando Raquel, la conductora del programa, mandó al segundo corte, abandoné el switcher que está montado en un camión gigante en la puerta del foro y entré al estudio. Ese lenguado con salsa de cilantro que acababan de preparar merecía ser probado. Di un bocado, ajustamos con los cocineros y los productores algunos detalles de lo que venía, y la música volvió a sonar.

Joserra, el maestro pastelero, estaba en plena preparación de una natilla con mermelada de higos. El clima era de fiesta. Los higos hervían en azúcar. Todo era música y erotismo gastronómico cuando sentí que algo se movía debajo de mis pies. Fue un segundo. De esos segundos eternos en los que uno no termina de entender. Giré a mi derecha y Daniela, otra productora argentina me clavó la mirada.

"¡Está temblando!", dijo en voz alta, pero sin gritar.

Volví a mirar alrededor. Todos ya estaban tensos, en ese punto impreciso que se hamaca entre la alerta, el miedo y el instinto de supervivencia. El estudio ahora se movía en serio. Era una sensación extraña, potente y desconocida debajo de los pies. El suelo se levantaba. No era oscilación. Era otra cosa. Como si alguien pateara desde el subsuelo y el piso fuera de tela. Fueron algunos segundos. No supe cuántos, pero seguro que menos de los que sentí que fueron. Las paredes escenográficas se empezaron a sacudir con furia. Los faroles de iluminación se bamboleaban y empezaron a llover lámparas. Raquel, la conductora, y los cocineros Joserra, Tonio e Ingrid intentaron mantener la calma. Joserra se plantó frente a cámara y anunció que se iba a evacuar el estudio. Tonio volvió sobre sus pasos y aun cuando el cuerpo le pedía salir, se tomó unos segundos más para apagar el fuego de la cocina. Evacuamos. Y nos sacaron del aire. Camino a la salida sólo me concentré en no correr. Sentí que algo cayó detrás mío, lejos, no sé a cuánto. Llegué al exterior y me impresionó ver que el camión se sacudía como si fuera un bote.

Terminó unos segundos después. El personal se había reunido en el punto de evacuación tal como se había ensayado. Algunos metros más allá, cerca de una especie de estanque, un hombre era atendido en el suelo. Una piedra que había caído desde el techo de los estudios le había golpeado la cabeza. Estaba consciente y los médicos ya estaban con él.

La multitud estaba ordenada y a la espera de lo que fuera a venir. El pánico se apoderó de algunos que explotaron en llanto. Otros se sentaron en el suelo, y hasta se descompusieron de terror. De inmediato, los propios compañeros los rodearon y los contuvieron. La angustia de algunas de las miradas que me rodeaban me secó la garganta.

Noté un pinchazo en la pantorrilla. Tenía un pequeño vidrio clavado en el pantalón. Sin herida, por suerte. No sé qué fue lo que se rompió cerca de mí. Evidentemente más cerca de lo que creí escuchar.

El cielo se pobló de helicópteros. El aire de sirenas. Todos, absolutamente todos, se inclinaban sobre el celular para avisar que estaban bien, y con la desesperante necesidad de tener noticias de los suyos.

"¿Cómo está todo ahí", era la pregunta de rigor.

En medio de la multitud se distinguían manos que temblaban y caras que se enrojecían de contener el miedo. Eran los que no se podían comunicar con la familia. Las líneas de teléfono se habían saturado. Internet funcionaba por momentos y por momentos no.

"Por favor, el que haya podido hablar con su familia, corte el teléfono. Liberen las líneas para que todos puedan comunicarse, sean solidarios", pidió el asistente de cámara que hasta minutos atrás lideraba la joda entre los compañeros.

Algunas hileras de hombres y mujeres con cascos amarillos tomaron control de la situación y comenzaron a inspeccionar los edificios para ver en qué condiciones habían quedado. Una escalera estaba llena de escombros. Alguien dijo que vio caer piedras desde lo alto de un estudio, desde el helipuerto.

Cometí la estupidez de llamar a Buenos Aires para decirle a mi esposa que estaba bien antes de que me bajaran las pulsaciones. Pretendí avisar que estaba bien antes de que la noticia del terremoto llegara a mi casa. Mis palabras querían transmitir tranquilidad, pero el tono y la electricidad no. Me costó revertir la angustia que generé.

Los minutos empezaron a sucederse. Fueron de esos minutos en que uno trata de encajar, de entender, de acomodarse en la situación. Todavía tenía la sensación de estar parado sobre gelatina. Uno no está acostumbrado a que todo se sacuda alrededor, y mucho menos que se sacuda el suelo.
No teníamos noción de cuán grave había sido. Alguien encendió la radio del camión. Un cronista desesperado decía que a algunas cuadras de allí se había derrumbado una escuela y no podía articular palabra para explicar si los niños estaban bien o habían quedado bajo los escombros. Las caras alrededor del camión se ensombrecieron. Las miradas se adhirieron al asfalto. Todos empezamos a entender que los que venían repitiendo que había sido peor que el de hace 15 días, estaban en lo cierto. Las primeras imágenes llegaron a las pantallas de la televisión. Algunos pudimos subir al camión y ver en las transmisiones de Azteca y de Televisa los primeros planos de los derrumbes. La angustia se instaló entre nosotros. Nadie hablaba. Cada tanto alguien se trepaba al camión y con su peso lo movía. Nos erizábamos en alerta porque la sensación era la de un nuevo temblor.

Las noticias llegaron a Buenos Aires. No habían pasado ni diez minutos del terremoto. Explotó el whatsapp. Puse mensajes tranquilizadores en todos los grupos posibles, pero aun así muchos escribían por privado para saber si era cierto que estaba bien. El que repite eso de que lo más valioso en el mundo es una última gaseosa en el desierto, no conoce el valor de la carga del celular en un caso como este. Explicarle a los tuyos que estás bien pero que te estás quedando sin señal o sin crédito es una misión imposible. Pedís perdón por no contestar. No querés gastar lo que te queda en el teléfono, y así y todo siguen llegando mensajes. La imbécil compulsión que uno ya tiene, le impide dejarlos sin responder. Y la batería que se va muriendo. Entra un mensaje nuevo. Lo abro. Un tal Martín que me pide que lo recomiende en Linkedin.

El equipo de guardia civil del canal informa que no se va a volver a trabajar por el día y que no se puede volver a las oficinas porque hay algunas zonas que no están aseguradas. Es hora de que cada uno vea cómo hace para volver a su casa. El tráfico es un caos. Un amigo me aconseja que camine derecho hasta que dé con la Avenida Taxqueña, y que ahí doble a la izquierda hasta llegar a Coyoacán, adonde estoy alojado. Alguien me aconseja que no camine cerca de las paredes. Otro me avisa que en el camino hay un edificio derrumbado, que me desvíe. Otros no dicen nada. Están pensando cómo llegar a sus propias casas. Las noticias dicen que sus barrios son los más afectados.

Rumbo a la puerta me detuve a saludar a un grupo de conocidos de la producción. Me preguntan adónde voy y les cuento que a la plaza de Coyoacán. Me presentan a Irene, una joven boliviana que va en la misma dirección y no se anima a hacerlo sola. Hacemos causa común, entonces, y salimos del canal.

La multitud en las calles es conmovedora. Millones de personas vuelven caminando a sus casas. Alguno llora. La mayoría, no. Los colectivos cruzan atiborrados. El tráfico infernal de la Ciudad de México está multiplicado. Los semáforos no funcionan. No hay luz en la ciudad. Algunos vecinos se paran de manera voluntaria en las esquinas más trabadas y tratan de ordenar el tráfico. Solo por cinco segundos pudimos ver un mapa en el smartphone. Nos indicó que estábamos a casi seis kilómetros de nuestro destino. Después nos quedamos sin señal. El sol pega fuerte, pero no queda otra que caminar en la dirección indicada.

De pronto vemos el milagro de un taxi vacío. Lo paramos. Cuando le decimos nuestra dirección nos dice que no y nos cierra la ventanilla. Desde un coche que viene atrás, una mujer nos hace señas para que nos acerquemos.

"Voy para Santa Fe, al norte", nos avisa, y nos propone alcanzarnos hasta la Avenida Taxqueña. Nos apretamos con parte de la familia en el asiento trasero. La mamá de la conductora, sospecho que era la mamá porque no le preguntamos, nos dice que lo sintió tanto como en 1985, que seguro que fue muy grave. Nos preguntan si estamos bien, nos ofrecen el teléfono para que nos comuniquemos con los nuestros, nos dejan en la Taxqueña, nos enseñan solidaridad.

Habré caminado unas 20 o 30 cuadras hasta volver al hotel para sentarme a comer algo y teclear estás líneas a modo de catarsis. No sé en este momento cuántos muertos hay, cuántos heridos. No tengo noción de la dimensión del desastre porque apenas vi los primeros minutos de los noticieros antes de salir del canal.

En Coyoacán no hay luz. Tampoco internet. Ahora se trata de esperar que la situación se "normalice" de alguna manera. Lo primero será enviar estas líneas que no cuentan noticias sino sensaciones.

Y después, enterarme de lo que pasó.
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