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"Entre Cronopios" - Cuarto Encuentro



ORNELLA BARRAZA

Nació en Formosa en 1984 y vivió por muchos años en Corrientes, donde formó parte del Taller Literario Paraná-dar. Es narradora, microficcionista y también escribe poemas. Publicó sus textos en numerosas antologías y en 2016 editó su libro de relatos "La inmanente repetición". Organizó eventos de promoción de lectura para el Centro Cultural Universitario de la UNNE y -en conjunto con otros escritores- actividades diversas para promover la narrativa en la región.

En el medio del patio

En el medio del árbol de mango

en el medio de las cadenas

que sostenían la hamaca

sobre las ramas

del árbol de mango

se balanceaba mi hermano

mientras yo lo observaba

Por encima de su cabeza

vibraba apenas un enjambre inquieto

dentro de una casita de muchos hexágonos

en el medio de su inocencia

se plantó un deseo:

pensó mi hermano

en una pelota anidada

Su primera lección sobre el dolor

comenzó ese día:

en el medio del pecho

un mar de globitos rojos

inflado de lágrimas

sus manos sucias

ardiéndole en las palmas

su carita que ya no disimulaba

el puchero

mi abuela amasando la tierra

del jardín

dentro de un balde roto en un costado

En el medio del balde, el barro que cura

agua y tierra sobre el lomito hinchado

en el medio del patio

mi hermano, mi abuela y yo

En el medio del panal/ la miel derramada/la pelota partida/

vacía de espantos

que volaron con la tarde

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Whatsapp

Decime que no hay contador buchón de Whatsapp que le avise al otro cuántas veces entraste al cubículo de mensajes que tiene su foto. Cuántas veces entraste y te quedaste mirando fijamente la hora de la última vez que estuvo conectado; mirás fijo, sin parpadear y de repente cambia a “En línea”. Con un pavor estúpido de que te descubra del otro lado, de que se entere que estás ahí, preguntándote si ese bebé que tiene en brazos es suyo, salís con un veloz movimiento digital, el logo verde y blanco se aleja y ahora es parte del fondo de pantalla. Es inocuo. Lo encerraste. Un gracioso redondel, como una moneda que oculta su cara al caer al suelo. Así de sencillo.

Pero después de todo, qué tiene de malo decirle hola, que qué hermoso es ese bebé, es igual a vos, bello. No. Eso último sería demasiado >presión flechita con una X> borrar hasta “es igual a vos”.

Qué hermoso ese bebé.>borrar todo.

Hola, cómo estás.>borrar todo.

Recuerdo de charlas perfectas, de sonrisa amplia, de risas, café, un abrazo ese día de frío, la terraza, ese llamado raro un fin de año, llegué tarde.>borrar todo.

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FELIPE GONZÁLEZ

Maestro de Capacitación Laboral y Profesor en Historia en la Modalidad de Contexto de Encierro en unidades penitenciarias provincial en Educación Permanente de Jóvenes y Adultos. Escribe poesía y narrativa. Publicó en diversas antologías a nivel nacional y participó de numerosas charlas y encuentros virtuales, además de oficiar de jurado en el Concurso de Poesía “121 Primaveras para Clorinda”, organizado por la Delegación Zonal de Educación Clorinda.

La cazadora y la mujer-yaguareté

Jorgelina Hertelendy, dueña de la estancia “Condesa de Failly”, fue alarmada por la presencia de un yaguareté. Los peones encontraron el rastro de las huellas de las garras del felino en la tierra húmeda. Un peón le contó a la patrona que una bruja guaraní se convierte en yaguareté en la noche de luna llena y en medio del monte. Jorgelina dijo: - Es sólo un mito, es un cuento de fantasía del pueblo. En la urgencia de proteger a la estancia reunió a los mejores peones para defenderla. Envió a tres peones en busca de un cazador en un lejano pueblo. Al pasar una semana, los peones llevaron a una mujer trigueña de ojos negros con un gran sobrero marrón y chaqueta del mismo color llamada Tamara. Iba acompañada de varios perros de caza. Jorgelina se sorprendió al ver a una cazadora y eligió a diez robustos hombres de ayudantes. Emprendieron la cacería del yaguareté e ingresaron al monte formoseño, con la ayuda de filosos machetes iban haciendo camino entre enmarañadas enredaderas, arbustos y plantas trepadoras. La cazadora sigue el rastro del yaguareté durante varias horas; comenzó lentamente a oscurecer. Los peones buscan leñas para hacer el fuego. Otro peón hizo la fogata y los perros cansados se quedaron dormidos cerca del fuego. En el silencio de la noche se escuchó el rugir del yaguareté muy cerca del campamento y los peones tuvieron miedo. Pasaron tensos minutos y la cazadora observó el brillo de los ojos del yaguareté en la oscuridad. Quita un pañuelo del bolsillo y secó su frente de frío sudor. Esperó con paciencia y decidió disparar unas balas de plata bendecidas que alcanzó a acertar en la pata trasera y el cuello del yaguareté. En ese instante, aparecen los perros, que muerden al felino. El animal herido se escapa y se mete en la densa y exuberante vegetación del monte.

Al amanecer, la cazadora, los hombres y los perros siguieron las huellas del yaguareté. Hasta que llegaron al refugio donde encontraron cráneos de vacas, niños y hombres. Entraron a la guarida y encontraron a una mujer de piel morena de intensos ojos amarillo verdoso con la boca abierta de enormes colmillos y en las manos y pies con afiladas garras. En un acto de furia, la cazadora sacó de la cintura un filoso machetillo y le cortó la cabeza. Ésta cae lentamente a la tierra bañada en sangre. La venganza llegó a su día final por haber matado a su pequeña hija Micaela, de seis años de edad. El cuerpo fue llevado encima de un caballo negro hasta la estancia. Jorgelina ordenó a los peones que quemen a la mujer-yaguareté.

La abuela le contó este cuento a la nieta en un día de lluvia entre rayos y truenos. En la sola iluminación de una vela, en medio de la mesa de madera.

Gabriela tomó coraje y le preguntó: - ¿Es verdad lo que me contaste de la cazadora y la mujer-yaguareté?

La abuela se fue a traer una desgastada escopeta Fabbri con finos grabados artísticos a los costados y unas balas de plata.

La abuela le contesta: - Sí, es verdad, porque yo fui la cazadora.

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Sé el héroe de tu vida

Sé el héroe de tu vida,

siempre dibuja una sonrisa valiente en tu rostro.

Ten el fuego del amor en tu noble corazón.

No te dejes vencer por la tristeza y el sufrimiento.

No permitas que nadie trunque tu sueño de ser feliz.

Nunca te dejes convencer por las dulces palabras

de los que te murmullan al oído.

Ten esperanza en mirar el horizonte del futuro.

Sé el héroe de tu vida.

Convierte los monstruos gigantes en enanos cobardes.

No renuncies a la alegría de vivir la libertad.

Cree en los vivos versos esculpidos

en las almas de los poetas muertos

que resucitan como el ave Fénix entre las cenizas grises.

Sé el héroe de tu vida.

Sé protagonista de tu propia historia

y fiel constructor de tu identidad.

Y no seas la marioneta del destino incierto

que no te invada el silencio estéril y la sombría soledad

que carcome lentamente el alma.

Aprende de los consejos de los sabios ancianos

y reflexiona sobre tus caídas.

Perdónate a ti mismo y a las ofensas de los malvados

y encontrarás el camino hacia el Supremo Creador,

ten la cabeza erguida con la mirada victoriosa

y nunca agaches la cabeza en señal de derrota.

Sé el héroe de tu vida.

Aléjate de los envidiosos que se burlan de tus caídas.

No pierdas tu valioso tiempo en vano

en convencer a los necios, que están cegados sus ojos.

Sé un guerrero gladiador ante las adversidades.

Hasta el último suspiro divino, lucha por la verdad.

Disfruta al máximo los momentos de la vida,

porque sólo tienes una para vivirla.

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SILVIA PELUFFO

Profesora para Enseñanza Pre-Primaria y Licenciada en Educación Inicial. Su motivación por la escritura la heredó de su abuelo paterno (Rafael); la tenacidad y espíritu soñador -asegura-, de su mamá (Lilita). Integra el colectivo de mujeres escritoras de Formosa “Clandestinas”.

Deliro

Qué hermoso es saber que estás allí,

como un manantial,

conmigo en cada nuevo horario,

y que permaneces, más allá de mi ser.

Tu encanto, que embruja, que miro

y deliro.

Tocamos en profundidad nuestras almas

nos besamos, dunas inmensas

tu mirada, nos fusionamos: Mi esposo

el dueño, de mis letras que escriben

sin renglón, somos uno, intactos

llenos de fulgor.

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Plenitud

Cumplir años, vivir la vida, aceptarnos, tener mucho para dar, conocer personas que dejan en uno:

Aromas, risas, lágrimas, sonidos, lecciones.

Me brindo de corazón, en cada amistad, soy genuina, soñadora, inquieta. En plenitud, con un montón de cosas por alcanzar aún, en paradas que me llevarán a lugares, a metas, no tengo prisa, disfruto el trayecto, abrazo el movimiento. A cierta edad, la calma es la mejor aliada, estoy aquí construyendo en perspectiva lo que parece imposible.



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