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"Entre Cronopios" - Décimo Encuentro



DANIELA MEDINA

Nació en Formosa; escribe desde pequeña hasta que un día se animó a mostrarlo y empezó a transitar el camino para ser escritora y hacer de ese sueño una realidad. Terminó el Secundario en el Colegio “Maradona” y es estudiante de Psicopedagogía en la UNaF. En el 2018 publicó su primera novela, “Josefina, la fuerza de una promesa”, con la editorial Moglia, de Corrientes. Al año siguiente publicó unos cuentos en Braille y este año recientemente publicó la novela “Paz, buscándote”, con Tinta Libre, editorial de Córdoba.

¿Me acordaré de vos? ( cuento sobre el Alzheimer)

Si somos el resultado de lo que vivimos, si somos los libros que leímos, los amigos que tuvimos, las decepciones que sufrimos, la música que bailamos, los obstáculos que sorteamos, ¿qué pasa si todo se esfuma?

— Si alguna vez ya no te recuerdo, ¿Qué haremos? — me preguntó con sus ojos celestes nublados por alguna lágrima, suspiré y sosteniendo su mano fuerte le respondí:
— Eso es imposible, porque voy a estar siempre, y no con vos sino en vos, en alguna canción perdida que cantes, en tu gusto preferido de helado, en tus arrugas, en el lunar sobre el labio que heredamos, no me busques en esa memoria frágil, porque no estoy ahí, estoy en lo más profundo, es verdad, quizás ya no en tus recuerdos, quizás me mires y no sepas quién soy, pero seré el motivo de tus sonrisas, te aseguro que también el de tu ira, porque somos uno.

Fue la última conversación coherente, pero en estos momentos en donde no existe el pasado , el futuro es incierto y el hoy a veces se vuelve un caos, en sus ojos color mar sigo viendo aquel niño que fui y sus manos siempre serán mi hogar.

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El puente de las llaves (extracto de un cuento)

Esta es la cotidianidad en la que estamos sumergidos, intentando tener un soplo de felicidad, por ahí, afuera hay personas que todavía creen en lo esencial, existen, tengo prueba de ello, en una ciudad limítrofe, existe una plaza grande, la plaza San Martín, donde podés ver desde vendedores ambulantes, hasta niños en bicicletas, gente haciendo ejercicios, y escondido un puente, al que llamaron “ el puente de las llaves”, cruzarlo me hace confiar en que el mundo puede cambiar, pero esta vez para mejor.

¿Alguna vez hablaron con la mirada o besaron con la punta de los dedos? ¿En algún momento el olor a pantano les resultó un perfume delicado y perfecto? ¿Les pasó que un tono de mensaje o timbre tiene un “algo especial” que nos da mariposas en la panza? Cuando sin darnos cuenta empezamos a hablar el idioma del amor, estamos realmente jodidos, se instaló en nuestras entrañas como un intruso, ¡tenemos un ocupa en nuestro cuerpo! Un virus, que calladito nos va cambiando el mundo hasta dejarlo patas para arriba.

Un día en medio de un mundo alocado, en una ciudad lejana, dos personas distintas se encontraron, Pablo un chico que según él vivía buscando una razón única para vivir, tenía una forma extraña de pensar, por lo menos para Ana, quien siempre hizo lo simple, lo normal sin tantas preguntas, su única búsqueda era rendir, recibirse, tener las metas que todos buscamos, siempre sintió que nunca sobresalía por nada, tampoco lo buscaba ya que en realidad no buscaba nada, sólo le gustaba una leyenda típica de su ciudad, ella es la que siempre pintaría dentro de los límites y bien prolijo.

En cambio, él odiaba la gente que creía en esa leyenda, pensaba que en realidad lo hacían sin conocer la real razón, insistía en la idea de que el amor era para que la gente se olvide de sus problemas y enceguecerse, dormirse en la comodidad del amor, evidentemente nunca sufrió por su causa, está en su naturaleza traspasar los límites con sus colores. Ana soñaba con el verdadero amor pero lo veía muy lejano.

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VANINA JUDITH ROJAS

Nació en Paraná (Entre Ríos). Es Profesora de Enseñanza Media en Letras. Participó de concursos literarios y obtuvo una mención de Fundación Givré y un segundo premio en la V Fiesta de Literatura Juvenil Entrerriana. Publicó sus poemas en el Suplemento Cultural La Mañana. Forma parte de algunas antologías literarias como “Jóvenes Creadores” y “La Tierra fértil”. Su libro “Espejos” es una selección de poemas de tinte amoroso y existencialista, publicado en 2019.

Misión del poeta

Muchas veces me pregunto qué misión

pregonamos los que andamos por la vida

escribiéndole al dolor, la soledad,

a la guerra, a la paz y a la vigilia.

Qué difícil es saber qué es lo que sienten

los que leen las poesías de estas almas

y el anhelo más deseado es que a alguien

le calme el dolor de alguna llaga.

O tal vez lo salve del oscuro laberinto

que encarceló en algún momento la esperanza.

Muchas veces me pregunto si cumplimos

si salvar o rescatar es nuestra hazaña.

Para quien el mundo mira desde abajo

nuestra misión ha de ser: ponerle alas.

Me pregunto si salvé o me he salvado,

si el mensaje se hizo luz o cruel espada,

si este caos de la vida que me inspira

se ofreció a tu silencio como llama.

Me pregunto si el encuentro tuvo frutos,

si algún verso de amor se hizo tu almohada,

si vibró con tu historia justifica

“la misión de rescatar el sol que guardas”.

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El martirio de un secreto

Te conozco. En el tiempo preciso descubrí que finges en los labios, una risa que se desmiente en los ojos.

Un instante, retengo tu imagen en mi mente, y te suelto a mi fantasía con la misma singularidad con que te invoco en mis poemas.

Como un fantasma, pero mío, te poseo. Y estás conmigo aún sin saberlo.

Fue fascinante entrar en tu mundo, reconocerme.

El aire contenido y el espacio poseído por tu música, el insensato silencio evadido… ¿Con qué propósito?

Infinito, real y subjetivo. Eres la sombra del misterio. Te persigo así y te prefiero lejos, intocable, prohibido.

No soy yo quien te habla cuando hablo, es mi alma sedienta de tu olvido.

Y te veo con tus ojos en el piano, y tus manos que acarician cada nota que se esparce en el aire del vacío.

En vuelo incierto me uno a tu vuelo.

Me estás hablando y estoy tan lejos. Y cuando callas me desesperas. Tu soledad no es el pretexto ni lo es la mía.

Estaré aquí, contigo siempre, porque a los dos nos hace falta matar recuerdos que no sabemos por qué no marchan hasta esfumarse en la nada.

Son un refugio esos libros, ese piano, ese hogar que consume la fuerza de lo sólido y es el fuego siempre el fin desde el principio.

Me hablaste de cosas inmateriales, del dolor de estar vivo, de morir en sueños irrealizables y sentirse un guerrero vencido, sin entender por cual razón el amor no habita el camino.

Aunque ignoremos nuestras verdades seguimos juntos, y no de otra manera, mi gran poeta, este idioma no es del mundo, es sólo nuestro, ya no se enseña. Lo tengo para ti por eso vale.

Mil preguntas sin respuestas, eso somos. La verdad inconfesable en agonía.

Es un querer de almas muy unidas con el muro de separados cuerpos. Esa distancia es el martirio que no entendemos, porque si hablamos del amor no es del nuestro.

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JOSÉ ROLDÁN

Docente, investigador y escritor; vive en el extremo Oeste de la provincia de Formosa, El Potrillo precisamente. Profesor en Letras y maestrando de la Maestría en Enseñanza de la Lengua y la Literatura en la Universidad Nacional de Rosario. Actualmente es Director del Instituto de Educación Superior Docente y Técnica Intercultural Bilingüe de El Potrillo. Ex becario de la Comisión Fulbright en la Universidad de California Los Ángeles (2017). Ha realizado diversas investigaciones en el campo de la Educación Intercultural Bilingüe, cuyos resultados expuso en ensayos sobre Educación: “De la literatura y sus rastros”. MELyL N° 5. Laborde Libros Editor, 2013. “Reflexiones en El Potrillo (Formosa): bilingüismo e interculturalidad”. MELyL N° 6. Laborde Libros Editor, 2014. En campo de la ficción, ha publicado “La perra”, Cuentos Breves Inéditos, Formosa 2009; “Doble filo”, en coautoría Sandro Centurión-José Roldán, Editorial Imaginante, 2013; “Bramido”, Antología formoseña x 4, 2019, y diversos cuentos y ensayos en blogs y revistas literarias digitales.

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La Elvira

La Elvira se puso sus zapatos de domingo, el único par que tenía, y salimos. Las hebillas de éstos eran como de un cinto pequeño. Tenía otros, pero el año pasado se los quemé yo en el primer temporal. También entonces había hecho una procesión similar, pero había barro y el muerto era ajeno entonces. Yo voy de la mano de la Elvira y puedo ver cómo se mueven las hebillas de sus zapatos. No camina rápido. La otra gente que también acompaña camina lento, pero ellos porque los que llevan el cajón del muerto al hombro adelante van con mucho cuidado. La Elvira siempre camina como si tuviera un muerto por adelante. Nunca me estironea cuando salimos, porque nunca anda apurada, y sin embargo siempre llegamos a tiempo a todos lados. Es como si ella supiera todo lo que hay adelante un rato antes, y sale con tiempo. Capaz y hasta ella ya sabía que íbamos a llevar en andas el cajón del Nemesio, porque ni siquiera llora. Estoy seguro que ya lloró antes, días, semanas, y hasta años antes. Y lo que hace ahora es como un moqueo apenas, como si más bien se estuviera resfriando. Porque cuando la Gregoria nos alcanza para decirle eso que le dice, ni siquiera la mira. Me duele un poco el brazo porque el camino del cementerio es largo, y porque los tengo casi alzados. Es alta la Elvira. Yo debo andar dándole apenas por encima de las caderas con la cabeza, porque la Gregoria ni se molestó al hablarle por encima de mí.

? No llore, doña Elvira ?le pidió?, si él la engañaba con otra.

Yo creo que ella no le contestó porque ya sabía que 35 años después yo iba a ir rumbo al cementerio con su cajón por delante, recordando que un día de abril le quemé sus primeros zapatos de domingo por ponerlos a secar muy cerca del fuego. Y que después iba a volver a escribir la historia de un crimen que nadie nunca supo quién lo cometió; salvo, claro, la Elvira, que lo sabía todo.

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Luz mala

Rosauro tenía que hacer el croquis del pueblo para Sociales. Pero, el partido y el apasionado análisis de su golazo final le gastaron la tarde. Cuando llegó a la casa, recordó la tarea y se abalanzó sobre el cuaderno, pero la abuela lo corrió que vaya a bañarse primero. Cargó el balde, se peló el short y el calzoncillo juntos, contó hasta tres y se zampó el agua. Abrió los ojos, y ya no había luz en la casa. ¡La gran siete!, renegó. Y la abuela lo oyó: “Andá nomás a pelotear, si la luz te va a esperar a vos”. Rosauro trompeó el estaqueo del baño. Desenredó la ropa y se la puso. Rempujó la chapa y corrió al camino. En puntas de pie, alzó el cuello hacia el pueblo de la petrolera. “Allá hay luz”, soltó. Después, volvió cabizbajo y se sentó a la mesa. La luz de un trocito de vela le flameaba los trazos en el cuaderno. “Si no piensan traer luz buena para nosotros, tendrían que cerrar nomás ese camino”, reflexionó.

“Fue por la luz mala”, le contestó al maestro, que quiso saber por qué no había dibujado el camino grande del pueblo.



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