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QUINTAESENCIA




"Alzheimer" - Por Daiana Benítez

A mi abuela Benjamina

Busqué una sonrisa, pero ya no había una. Busqué unas palabras. Se habían borrado. Busqué a mi abuela. Seguía aquí. Moviendo sus ojos. Mirándome fuerte. Me vi en su piel, en su rostro, en sus formas, en sus piernas que ya no la llevaban a ninguna parte y que, en otros tiempos, solían columpiarme.

Nunca valoré nada. Me hallaba perdida. Estaba llorando mentiras. Mientras, ella se iba. Yo no lo sabía. Lo supe mucho tiempo después. Mi abuela estaba ahí. Me miraba perdida. No me conocía, quizá su alma intuía el amor que me tenía. Cuando entraba a su habitación, la energía cambiaba. Creo que juntas volvíamos a ver su negra cama torneada rodeada por coloridos mosquiteros y no esta cama metálica que la terapia imponía. Creo esto porque ella piensa que aún tengo cinco años. El doctor dice: lagunas mentales, apraxia. En casa observamos: agitación, depresión, agresividad y dolor. No queremos aceptar que el deterioro llegó. La abuela pasa sus días y sus noches rezando. Demente gritando recuerdos viejos: Asunción, Areguá, Paraguay, muñecas de barro y el mercado central siempre están presentes en sus evocaciones.
Mi abuela hermosa, fuerte y dichosa. Nunca fue. Mi abuela fue loca. Alucinaba un futuro mejor y vino a Formosa por ello. Mi abuela la loca prendida de sueños, bohemia de alcohol, caminante de la vida. Nadie la comprendía. Soñaba ser otra. Germinaba semillas de su rebeldía en mí, mostrándome el cielo de no dormir de noche, de desobedecer a mamá, de ser diferente. Me miraba de lejos andar en bici y me daba el espacio de ver el mundo sin tanto control. Trepar al mango, caer y levantarme.
Corro mi niñez una y otra vez reflejada en sus ojos.

DAIANA BENÍTEZ EN PRIMERA PERSONA

Nací en Formosa Capital en la primavera de 1991. Soy Profesora en Letras y actualmente estudio cine en la ENERC. Me interesa la gestión cultural, la promoción de la lectura literaria y la posibilidad de crear mundos ficcionales, para lo cual sigo indagando en lecturas y autores. Un intento de muchas otras cosas: madre de Dylan (en actividad), conductora de radio, maquetadora de libros, montajista amateur, guionista en formación y gestora cultural: militante de la lectura literaria.

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"Obrerx" - Por Julieta Núñez

Con azarosa religiosidad

el obrero espera

espera

el colectivo

espera

en el comedor

espera

que las manos sucias

abriguen un pedazo de pan

un poco de polenta

pero nada abriga

Hasta que la biblioteca

abre

y es ahí cuando

un poco de azúcar

se derrama

en las manos sucias

y esparcimos

estrofas tras estrofas

de caramelos

JULIETA NÚÑEZ EN PRIMERA PERSONA

Nací un 6 de octubre de 1987, pero renací un otoño de 2021. Me considero obrera de la palabra, trabajando con ella, cual albañil, en el mundo de las palabras. Soy bibliotecaria de vocación y profesión. Craneé los ciclos “Circos literarios” y “Somos putas”. También transité el camino de la promoción y animación a la lectura con “Bibliobrujas”, catalogada como mejor práctica sociocumunitaria del 2019 por el CFI. Publiqué en varias antologías con el deseo de que mis palabras lleguen al otre. En 2017 decidí nacer “Cross en la mandíbula”, mi primer libro de poesía.

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"Un regalo del cielo" - Por Andrea Pérez

Había hecho un gran esfuerzo para que le dieran permiso. Limpió el baño de Querubines a fondo 7 veces. Lavó los platos de los cuarenta y un ladrones, contando con el jefe. Peinó a medusa con aceite de coco para hidratar a las treinta y tres serpientes de su cabeza. Lustró las sandalias de Jesús, con un betún con pigmentos naturales de Oriente, que le brindaba un brillo semejante a diez luceros del alba.

Escuchó por 12 largas horas las charlas del comandante hablando de Bolívar. Vendió chipas y paseó perros, con la esperanza de que Pedro, algún día, leyera la solicitud enviada hace un año.

Soñaba con visitar a su hijo como regalo de cumpleaños. Después de todo lo que había pasado, ni siquiera pudo despedirse.

- Positivo, le dijeron por mensaje.

Y a la hora estaba una ambulancia y dos patrullas en la puerta de la casa.

No pudo abrazarlo por última vez. Darle un beso y decirle cuánto lo amaba.

Pero nada de eso importaba ya. Se había concentrado en cómo hacerse sentir que estaba ahí, cerquita suyo, como el último día del padre que festejaron juntos comiendo un rico asado, un vinito tinto con mucho hielo, hablando de fútbol hasta las 3 de la tarde.

- Si llego y está dormido, se dijo entusiasmado, apareceré en sus sueños, lo abrazaré fuerte y le diré que estoy bien y que acá lo espero. Y si por el contrario está despierto, haré llegar hasta su nariz una suave brisa con olor a mangos que tanto me gustaban. De esos que juntaba en bolsitas del supermercado de las veredas, que luego serían mi merienda y cena. O si no giraré las hojas del diario en la sección de deportes, en donde Independiente salió campeón en el 95. Me acuerdo como si fuera ayer, que festejamos en la plaza hasta las 3 de la mañana, cuando todavía se podía.

Al fin volveré a verlo y acariciarle el cabello y el rostro, aunque no me sienta, y hacerle saber que estoy bien acá, con la abuela, el abuelo, y hasta Adela, mi antigua novia de la juventud, que me esperaban felices.

El momento había llegado, con una carta llegada con un sello del Vaticano, en donde rezaba:

“Querido Juan, su despacho. Gracias a su labor realizada en pos de brindar bienestar y sostén al prójimo aquí en el cielo y por las más altas recomendaciones recibidas, su solicitud ha sido concedida, por lo que se le permitirá ir a la tierra por espacio de 1 hora terrestre”.

Sus ojos se abrieron enormemente, y dando saltos se abrazó a las almas más cercanas, que aplaudían su suerte.

Había preparado la túnica más blanca y brillante, con un frasquito chiquito con aroma a esencia de mangos en el bolsillo izquierdo, y en el derecho la carta con el permiso de circulación, por si les solicitaba algunos de los Titanes al salir.

Al poner un pie fuera de los límites establecidos, su ser etéreo se transformó en un pequeño orbe, ya que era la manera más liviana de viajar hacia el otro plano.

La felicidad le recorría cada rincón del alma.

Un año había esperado para este momento. Era al mediodía. Su hijo estaría despierto.

Y así fue. Llegó, y su hijo en la habitación miraba el noticiero.

Se acercó volando sobre él. Pero sus ojos no lo vieron. Entonces puso en marcha su plan.

Se dirigió hasta la cómoda de pino prolijamente pintado y con esfuerzo giró las hojas hasta encontrar lo que buscaba “Maracanazo del rojo”.

En eso su hijo apaga la tele, deja el control, toma el celular y sale. Otra noche que no había podido conciliar el sueño. Todo había sido diferente desde ese día.

Con el celular en la mano, se sienta en la silla pegada a la puerta de entrada.

Su padre lo observaba con una mezcla de alegría y tristeza. Le acaricia el pelo mientras su hijo continuó sin ver, más que el aparato.

- Haré lo del mango, pensó. Y aprovechó la pequeña brisa de invierno que se colaba entre el marco y la puerta.

Destapó muy despacito con sus enormes dedos de albañil el frasquito, cuidando que no se pierda ni un poquito el aroma que había traído como un tesoro desde el cielo.

- Ojalá pudiera sentir de nuevo el olor del rico mango. Pero mi hijo sí lo hará y sabrá que lo vine a visitar.

Y allí salió suavemente el perfume, movido sutilmente por la brisa hasta su hijo, quien no dejaba de mirar fotos del face.

ANDREA PÉREZ EN PRIMERA PERSONA

Nací en Formosa Capital el 4 de julio de 1978, soy locutora nacional de Radio y Televisión, estudié el Profesorado en Letras en la UNaF y actualmente dicto mis últimas 3 clases de residencias del Profesorado Superior en Ciencias de la Educación en el Instituto Superior de Formación Docente, Continua y Técnica "Félix Atilio Cabrera” de Formosa capital. Con formación en las artes escénicas (teatro) y títeres, en colaboración activa en diversos proyectos culturales de literatura formoseña, entre ellas “Gente que lee y escribe” y del colectivo de mujeres “Clandestinas”, actualmente, me encuentro trabajando en un libro de narraciones pedagógicas que recopila historias y experiencias como profesora tutora y capacitadora de las Líneas de Acción de “Función Tutorial” y “Alumnos comunicadores” del Ministerio de Educación de la provincia, e indagando en varios estilos y formatos de relatos.

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"57" - Por Vanessa Makuch

Ayer hablábamos con Gianina, mi hija, sobre el amor. Sobre esto de amar. No se deshace el amor, decíamos. No se deja de amar, cuando se amó. Amaremos por siempre a quienes hemos amado. El amor no tiene que ver con las decisiones de mayor o menor cercanía con alguien. El amor es. Más allá de los encuentros o desencuentros. El amor nos trasciende y es por siempre.

Le contaba yo que una vez, hace muchos años, oyendo el tema Te amaré -de Silvio Rodríguez- alguien que estuvo un brevísimo tiempo en mi vida, me mostró una maravillosa dimensión del amor. Este ser luminoso me dijo: en vos, todas las personas que amé y amaré. En mí, todas las que amaste y te amarán. Y algo en mí comprehendió la hondura y la eternidad del amor.

VANESSA MAKUCH EN PRIMERA PERSONA

Nací en el Chaco y me radiqué en Formosa siendo niña. De mi madre me ha llegado el gusto por las letras y la poesía. Me llevó varios años asumirme poeta y artista, a la par que ejercía la docencia como profesora en Matemática. Hacer teatro me abrió al universo artístico que me habitaba y habita. En 2007 edité “Tanto río de miedos”, en 2016 “Para salvar las horas amarillas” y en diciembre de 2020 “Despertaré Jazmín”.

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"Tuna" - Por Ariana Cabezas


El tiempo teje los días
con hilos de tuna
agoniza la lluvia
ahora es rocío
Antes que la gota
se convierta en río infinito
Antes de que cierren las ventanas
y asome la tristeza del sol
los días de niebla
Me voy de mí
de esta sensación sin cuerpo.

ARIANA CABEZAS EN PRIMERA PERSONA

Nací en Formosa Capital. Aunque viví gran parte de mi vida en Buenos Aires, regresé a mi provincia natal para iniciar mis estudios superiores, en la UNaF. Mi vínculo con la poesía nace en la escuela primaria sobre el escritorio de mi profesora en Letras y un libro rojo con el título “Alfonsina Storni”. Desde ese instante inició este viaje. Comencé a escribir desde la misma edad, leyendo los textos de Alfonsina, Alejandra Pizarnik, Maia Circe. Actualmente interpelada por las obras de Mariela Laudecina y Glauce Baldovin, quienes me permiten habitar la existencia desde una sensibilidad profundamente humana. Porque la poesía, desde mi forma de comprender el mundo, tiene mucho de ello. Nos invita a luchar desde la sensibilidad. Nos convoca a compartir con otros nuestras historias, donar palabras, nos permite el encuentro y, en esa dialogicidad, también soltar, liberarnos, construir. Enunciar( nos) y sanar en comunidad. Hoy, madre, psicopedagoga e integrante del colectivo literario “Clandestinas”, deseo que nunca muera la sensibilidad humana. Que nunca nos falte la poesía.



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