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UNA LECTURA DE LA PUESTA TEATRAL “IN.VISIBLES”, DE “STAMPA PRODUCTORA”

Aporofobia (in)consciente

* Por Héctor Washington



Cuando en 1995, la filósofa española Adela Cortina acuñó el neologismo “aporofobia” para designar el “rechazo, aversión, temor y desprecio hacia el pobre”, el mundo había sido ya convertido en un enorme tubo de ensayo para uno de los experimentos socioculturales más siniestros, que arrojó a generaciones enteras a las fauces tenebrosas de una selva neoliberal regida por las leyes del mercado y el darwinismo social.

La Argentina no escapó, claro, a esta mecánica de empobrecimiento generalizado y -continuando con el plan económico que heredara de la dictadura- siguió reproduciendo un paradigma alimentado de forma permanente gracias a la fabricación de pobres en serie que a su vez son fagocitados y escupidos como material de descarte de un plan sistemático que para ser sostenido, se vale del inconsciente colectivo de una sociedad que muchas veces prefiere anularlos, invisibilizarlos o incluso culpabilizarlos a tener que lidiar con la disonancia cognitiva que la ponga en evidencia. Y entonces se conforta con la triste premisa: “El pobre es pobre porque quiere”. Surge entonces el pretendido culto al mérito como velo que esconde detrás una maraña de prejuicios de clase.

En estos tiempos de individualismo, meritocracia y competitividad que parecen rozar el desquicio, la apuesta de “Stampa Productora” por reponer sobre tablas una adaptación de “El triciclo”, obra clásica de Fernando Arrabal de 1953, conforma en sí misma una conquista.

“IN.VISIBLES” conmueve por su cercanía e identificación, no tanto con nosotros sino con los arquetipos sin rostro con los que a diario nos cruzamos en esta ciudad pequeña: en la puerta de los bancos, de los supermercados, en los hospitales, a la salida de las iglesias… a la vuelta de la esquina.

Climando, Mita, Abal y el Viejo de las Golosinas parecen interactuar frente a un mundo que no los ve del todo. La noche fría, sus harapos, el callejón donde descansan en derredor de una enorme hoguera, entre basura y botellas vacías, las inscripciones obscenas en un amplio paredón… reparamos en todo antes de mirar sus rostros, porque son genéricos, los hay a raudales. Pero comienzan a sentirse parte del mundo a través del lenguaje, a existir por medio de parlamentos situados, a reconocerse en nosotros y en los espacios de cercanía de la puesta: la Casa de Gobierno, el hotel cercano o el cajero automático más próximo.

Entre esos escenarios reconocibles, la dinámica de los personajes va construyéndose desde sus propios rasgos, con el entusiasmo permanente de Climando y su naturaleza exaltada haciendo avanzar la acción dramática todo el tiempo, la inocencia perdida de Mita y su inclinación al suicidio como solución normalizada a todos sus problemas, la enigmática personalidad del Viejo de las Golosinas y su aprovechamiento de las infancias, y Apal (acaso el personaje mejor construido de la puesta), que duerme unas dieciocho horas al día como método de evasión pero, cuando despierta, aprovecha sus intermitencias y despliega sobre nosotros un baño de razón en medio de esta comedia del absurdo: masculla entre sus labios el sinsabor de esta vida, mastica con devoción un sándwich de mortadela, aplaca la comezón de todo su cuerpo con sus uñas sucias y arguye finalmente una estocada plagada de prejuicios de clase de una diva tristemente célebre que nos resulta demasiado familiar: “El que mata tiene que morir”.

Ese puente tendido hacia la realidad nos impedirá regresar al tratamiento lúdico del lenguaje con que inició el espectáculo. Climando, Mita y el Viejo de las Golosinas continuarán desplegando su inocencia y su ternura alrededor del triciclo cuyo alquiler deben costear para seguir subsistiendo, sus caricias como reflejo de un cuerpo librado a las duras condiciones de vida, sus risas que todavía se agolpan para contrarrestar el miedo. Muy por fuera del universo onírico del que prefiere ser parte, Apal comprende mejor que nadie cómo funciona el mundo: matar para hacerse del botín y pagar el castigo con la muerte al saberse invisible desde la primera hora.

Lejos de un manifiesto escénico panfletario que direccione nuestra conducta en tanto espectadores, “IN.VISIBLES” despliega sobre tablas una fotografía demasiado cotidiana como para no sentirnos implicados e interpelados a revisar los imaginarios que rigen nuestra vida diaria, nuestro sistema de creencias, muchas veces a contramano de nuestros actos, la maquinaria perversa de la que somos el mínimo engranaje que tracciona una patología social que llevó alguna vez a empatizar con empresarios, con fiscales, con grandes pools de siembra, pero nos indigna cada vez menos y acabamos normalizando cinco millones de kilos de alimentos pudriéndose en galpones olvidados sin repartirlos a quienes lo necesitan. También esa mezquindad generalizada de la que somos parte, esa indignación selectiva, nos habla a las claras de una creciente aporofobia social (más o menos) inconsciente.



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